DIOS QUIERE QUE EL MALVADO SEA TRANSFORMADO

¿Acaso creen que me complace la muerte del malvado? ¿No quiero más bien que abandone su mala conducta y que viva? Yo, el Señor, lo afirmo.

—Ezequiel 18:23

Muchos libros, sermones y canciones cristianas enfatizan desmedidamente la soberanía de Dios. Alaban el poder de Dios pero callan su misericordia. Es verdad que Dios es el soberano, la máxima autoridad en todo el universo y nada sucede si él no lo permite. Pero, en cuanto a la salvación, él no actúa en base a su soberanía sino en base a su misericordia. Quienes no aceptan esto, han acuñado la expresión «Gracia Soberana». Con esta expresión quieren indicar que el Señor no quiere la salvación de todos. Según ellos, Dios quiso, soberanamente, la salvación de unos cuantos porque así le plació y punto. Pero la Biblia nos muestra que no es así.

El apóstol Pedro dejó bien claro que «El Señor […] no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan.» (2 Pedro 3:9). El apóstol Pablo escribió: «Dios nuestro Salvador […] quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad.» (1 Timoteo 2:3-4). Sí, la Biblia deja claro que Dios no se complace en la condenación del malvado. Por eso ha hecho todo lo necesario para salvarlo. Cuando el Padre envió a su Hijo amado para obrar la redención, siendo nuestro doble sustituto, lo hizo por toda la humanidad. Cuando Cristo entregó su cuerpo y derramó su sangre lo hizo por todos sin excepción. Cristo es el Salvador del mundo y no solo de los creyentes. Pablo nos dice que el Dios viviente «es el Salvador de todos, especialmente de los que creen.» (1 Timoteo 4:10). Cristo pagó la salvación de todos los seres humanos. Es verdad que no todos se benefician del sacrificio de Cristo, pero aún así él ganó la salvación incluso de los que se pierden eternamente. ¿Entonces por qué se pierden? Simplemente porque rechazan el regalo de Dios. Es como si alguien le obsequiara una casa pero usted decide no hacer ningún uso de ella. La casa estará vacía, será suya. Pero usted no se beneficiará de ella.

Rechazar la salvación gratuita que Dios nos ofrece, y que Jesucristo ganó pagando con su vida el alto precio, es evidencia de un corazón perverso. No apreciamos el sacrifico de Cristo cuando menospreciamos los medios de gracia. Preferir emplear el tiempo en cualquier cosa antes que en alimentarnos del evangelio es un pecado por el cual merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo padeció toda esa ira como nuestro sustituto y apreció perfectamente la palabra de Dios en lugar de nosotros.

Oracion:

Señor, en gratitud a tu amor queremos «temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.» Te pedimos así sea. Amén. 

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