“Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones” (Santiago 1:27).

Nuestra fe en práctica

En las devociones de hoy y de mañana, Santiago nos da un ejemplo concreto del cristianismo puro y sin mancha. Si nuestra religión es genuina, dice, querremos ser activos y producir obras reales de amor. Querremos insistir en que nuestro corazón, nuestra lengua y nuestras manos estén al servicio del Padre celestial, sirviendo a nuestros hermanos de la familia de la fe y haciendo el bien a toda la gente.

“Los huérfanos y las viudas” en este pasaje son todos aquellos que necesitan la atención personal, el consejo y la ayuda de nosotros. Desde luego, esta lista incluye aquellos que están entre los pobres, los solitarios, los afligidos, los enfermos y los moribundos.

Aquí, de un tirón, el Espíritu Santo destruye el mito de que la religión “pura y sin mancha” es algo que se practica a puerta cerrada. En ninguna parte de la Biblia dice que alguien se aparte de la sociedad. Tampoco aconseja a nadie que se separe y se convierta en un hombre santo y místico. Sabemos que la Sagrada Escritura nos exhorta a separarnos del mundo, pero no en el sentido de que debemos escondernos de los demás y de nuestras responsabilidades. Es verdad que el apóstol Pablo se separó por un tiempo para terminar su capacitación, pero solo para aparecer otra vez como misionero y arrojar luz sobre el evangelio en el extranjero y en el mundo occidental.

Tampoco se encerraron los miembros de la primera congregación de Jerusalén en sus cuartos para practicar la religión “pura y sin mancha”. Pero leemos que “todos los que habían creído se mantenían unidos y lo compartían todo; vendían sus propiedades y posesiones, y todo lo compartían entre todos, según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo, y partían el pan en las casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, mientras alababan a Dios y brindaban ayuda a todo el pueblo” (Hechos 2:44-47). Si vamos a buscar un ejemplo histórico de cristianismo puro y sin mancha, el más sobresaliente lo tenemos en la congregación de Jerusalén. Y a Dios le agradó bendecir esta atmósfera de amor y preocupación cristiano común. Leemos: “Y cada día el Señor añadía a la iglesia a los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47).

Y Dios, en su gracia, también promete bendecir nuestros esfuerzos de amor a favor de los pobres, las viudas, los huérfanos, los solitarios, los enfermos y todos aquellos que necesitan nuestra ayuda.

Oración:

Padre celestial, renueva un espíritu recto dentro de nosotros, por amor a Jesús. Amén.

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