(Lectura de la Biblia en tres años: 1 Reyes 11:1–23, Juan 6:7–15)

LA MULTITUD QUIERE HACER REY A JESÚS

Al ver la señal que Jesús había realizado, la gente comenzó a decir: «En verdad éste es el profeta, el que ha de venir al mundo.» Pero Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo a la fuerza y declararlo rey, se retiró de nuevo a la montaña él solo.

—Juan 6:14–15

¿Cómo sería una nación si su gobernante absoluto fuera Jesucristo mismo? Podemos pensar que sería un paraíso en la tierra pues no habría enfermos, escasez ni malas noticias. Todos vivirían en perfecta armonía y el mal sería erradicado por completo. Esto es precisamente lo que los líderes de los judíos, y sus simpatizantes, esperaban del Mesías que vendría. A esta creencia hoy se la conoce como el «milenarismo», es decir, la esperanza de que un enviado divino reine sobre la humanidad llevándola a su mayor esplendor donde predomine la justicia social, la equidad, la abundancia y la armonía. Poco después de la multiplicación milagrosa de los panes y pescado, la enorme multitud que comió y se sació quiso declarar rey a Jesucristo; pero él lo evitó ¿Por qué?

El milenarismo es una antigua creencia judía muy difundida en tiempos de Cristo. Una buena parte de los judíos esperaban que al Mesías como un líder político que libertaría la tierra de Israel del dominio del Imperio Romanos y que se establecería como rey de los judíos y llegando a gobernar el mundo entero por mil años. Sin embargo el mismo Jesucristo declaró: «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18:36). Eso significa que él nunca tuvo el propósito de ser el gobernante político de ninguna nación en el mundo y mucho menos del mundo entero.

Desde la caída de Adán y Eva el pecado gobierna al ser humano (Efesios 2:1-4) Cristo quiere gobernar en el corazón de las personas. Él quiere que su palabra gobierne el pensamiento y el corazón del ser humano. Con su palabra de ley quiere llevar a los hombres al arrepentimiento y con las buenas noticias quiere consolarlos y sembrar la fe en sus corazones de modo que ellos, en gratitud, vivan vidas consagradas a él en espera de su venida. Él vino a cumplir todo lo necesario para salvar al hombre de la condenación eterna que merece por el pecado: obedeció perfectamente toda la ley moral de Dios en lugar nuestro y fue a la cruz a sufrir el castigo eterno que nosotros merecíamos. En gratitud a tan grande amor vamos a querer dejar de esperar que Cristo gobierne políticamente y vamos a querer apreciar que nos gobierne con su Palabra.

Oración:

Te doy gracias Padre eterno, pues con tu ley me mostraste cuán pecador soy cuánto merezco el castigo eterno y con tu evangelio me diste perdón de pecados y vida eterna gracias a los méritos de tu Hijo Jesucristo. Te suplico que por esa misma palabra gobiernes mi vida de tal modo que descanse solo en ti. Amén.

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