“Cuando llegue ese día, el Señor su Dios salvará a su pueblo como si fuera un rebaño” (Zacarías 9:16)

VINO A GUIAR A SU REBAÑO 

Las ovejas son animales muy indefensos. No son inteligentes; no pueden burlar a sus enemigos. No tienen pezuñas filosas para defenderse de los ataques de los enemigos. Tampoco tienen dientes afilados para arrancar la carne de un animal que las ataca. No son muy veloces para dejar atrás a los depredadores. Su único medio de defensa es su pastor. Si no fuera por su fiel pastor, las ovejas pronto perecerían.

No es una coincidencia que la Escritura frecuentemente nos compare con las ovejas. Nosotros también somos indefensos. Por nosotros mismos, no podemos enfrentarnos a los ataques del diablo, del mundo y de nuestra propia carne pecaminosa. Si no fuera por el cuidado constante de nuestro Señor, nosotros también pereceríamos.

Con toda razón Jesús es llamado el Buen Pastor. El profeta Ezequiel predijo el hecho de que el pastor del pueblo de Dios sería un rey descendiente del linaje de David (Ezequiel 34:23,24). Zacarías profetizó que su pastor sería atacado (13:7), vendido por treinta monedas de plata (11:12), y traspasado (12:10). Todo esto coincide con las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:11). Jesús no solo cuida las necesidades físicas del rebaño. Ha cuidado la mayor necesidad del rebaño: la necesidad del perdón. Para hacerlo murió en la cruz y resucitó de los muertos.

A pesar de que su cuerpo sin vida estuvo en el sepulcro por poco tiempo, Jesús resucitó triunfantemente de los muertos al tercer día. Nosotros, los miembros de su rebaño, tenemos la seguridad de que vive para preservarnos como suyos hasta que estemos con él en el cielo. Allí la gloriosa visión de Juan será cumplida: “Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los llevará a fuentes de agua de vida, y Dios mismo secará de sus ojos toda lágrima” (Apocalipsis 7:17).

Cuando los problemas de la vida y la debilidad nos atemoricen, volvamos la mirada a nuestro Rey, nuestro Buen Pastor. Nos dice: “Las que son mis ovejas, oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:27,28).

Oración:

De Jesús cordero soy,

Siempre tras mi dueño voy;

Como buen pastor me guía,

Toda mi alma en él confía;

Porque su favor me da;

Nada pues, me faltará.

(CC 377:1).

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