EL REINADO DEL SALVADOR

El resto de sus hermanos volverá junto a los hijos de Israel.

Y él se levantará y los apacentará con el poder de Jehová, con la grandeza del nombre de Jehová, su Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los confines de la tierra.

Él será nuestra paz.

— Miqueas 5:3b-5a

David Livingstone (1813-1873), el famoso explorador del África, fue sepultado en Inglaterra. Pero su corazón está literalmente enterrado en África, la tierra que amaba. Me ha sucedido que a veces estoy reunido con algunas personas pero mi mente y corazón están en otro lugar. Eso mismo sucedió con muchos de los israelitas que salieron de Egipto con Moisés. Aunque peregrinaban en el desierto de Sinaí «en sus corazones se volvieron a Egipto», pues continuaron practicando el paganismo (Hechos 7:39, 42-43).

No todos los deportados a Babilonia retornaron. Pero entre los que regresaron hubo quienes, en su corazón, volvieron a Babilonia. La cábala (método de adivinación judío) es una evidencia de ello, como también lo son las tradiciones que escribas y fariseos pusieron por encima de la Palabra de Dios (Mateo 15:4-9).

Miqueas profetiza que «El resto de sus hermanos volverá junto a los hijos de Israel.» así se refiere al retorno del remanente espiritual que vuelve para unirse a la iglesia del Nuevo Testamento, el Israel de Dios (cf. 2:12; 4:6-7, 10; 5:7-8) Todos ellos serán pastoreados por el Mesías que en su labor no está limitado al antiguo territorio de la tierra santa sino que su gobierno se extiende por toda la Tierra. En su reino espiritual hay paz porque «Él será nuestra paz.» ¿Cómo así?

La obediencia perfecta de Cristo a la voluntad de Dios es atribuida gratuitamente a cada creyente cuando Dios, mediante el evangelio, lo declara justo al darle la fe salvadora (Romanos 5:1, 18-19). Su muerte expiatoria en la cruz hizo la paz entre Dios y nosotros culpables pecadores (Efesios 2:14). Su intercesión diaria ante el Padre nos da paz de consciencia (Romanos 8:33-34). Su amor y cuidado de buen pastor nos permiten vivir en paz en medio de la prueba (Salmo 23; Romanos 8:32). Finalmente, en la hora de nuestra muerte Su muerte y resurrección nos darán paz (Juan 11:25-26). Con razón el coro celestial de ángeles que anunciaron su alababan a Dios diciendo: «!Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra paz; buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14).

Oración:

«Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» Amén. (Oración «Nunc Dimittis». Lucas 2:29-32, Reina Valera 1995. Nota w)

 

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