(Lectura de la Biblia en tres años: Jueces 21:10–25, Lucas 14:25–33)

TRES REQUISITOS PARA SER DISCIPULO DE CRISTO

Grandes multitudes seguían a Jesús, y él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

—Lucas 14:25–27

Jesús establece tres condiciones para ser seguidores suyos ¿Cuáles son estás?

Primero, Cristo exige que quienes quieran ser sus discípulos tienen que estar dispuestos a dejar los lazos familiares, así como también estar dispuestos a perder su propia vida. La palabra «aborrecer» que usa la versión Reina Valera se oye dura a nuestros oídos; no está de acuerdo con el mandato de amar hasta al enemigo (6:27). Pero esa palabra dice exactamente lo que Cristo quiso decir. Jesús quiere sacudir a su audiencia con esta palabra, para llevarlos a que se den cuenta de que nada debe tener prioridad antes que él en la vida del discípulo.

La segunda condición nos exige cargar la cruz, es decir, tener la disposición mental y afectiva para sufrir por causa del evangelio. La tercera condición para seguirlo es la disposición a abandonar todas las cosas materiales. Ser un discípulo de Jesús exige renunciar a la familia, a uno mismo y a las pertenencias. Si no hay tal disposición de mente, corazón y determinación, cuando venga la crisis y marcha se vaya haciendo difícil, la lealtad a Jesús se irá enfriando. No es suficiente un corazón que se da a medias. Cristo quiere de nosotros completa consagración. Pero por causa de nuestra naturaleza pecaminosa no podemos cumplir con esto. Por nuestra mediocre consagración merecemos toda la ira de Dios. Cristo nos salvó siendo perfecto en su consagración al Padre y, en la cruz, sufrió por nosotros el castigo que nosotros merecíamos. En gratitud vamos a querer consagrarnos por entero a nuestro Salvador.

Oración:

Señor, gracias por salvarnos de la condenación eterna y del dominio del pecado; por llamarnos a ser discípulos tuyos y por enseñarnos la verdadera doctrina. Por el poder de tu evangelio concédeme celo santo para guardar la doctrina, aprenderla con gusto y enseñarla con idoneidad. Te suplico que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Que mis bienes dedicar yo los quiera a Ti, Señor. Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor. Que mi mente y su poder sean usados en tu honor. Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón y tu trono en él tendrás. Amén. (CC255).

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