(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 17, Lucas 24:36–42)

EL PADRE NOS HIZO NACER MEDIANTE LA PALABRA DE VERDAD

Mis queridos hermanos, no se engañen. Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras. Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación.

—Santiago 1:16–18

Cuando el Señor asignó a la iglesia la gran comisión, mandó que ella haga discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y «enseñándoles que guarden todas las cosas» que él había mandado. Es fácil notar que dar a conocer todas las enseñanzas de Jesucristo a los discípulos que la iglesia hace reviste suma importancia. Pero ¿Cuál es el propósito del Bautismo?

El bautismo ordenado por Cristo tiene el poder de regenerar al ser humano transformándolo de un incrédulo esclavo del diablo y del pecado en un creyente en Jesucristo. Pero tal poder no está en el agua del bautismo sino en el evangelio que está vinculado a ella. El evangelio es el poder de Dios para salvación. El bautismo anuncia la buena noticia del perdón de pecados gratuito y vida eterna que Dios nos regala misericordiosamente gracias a los méritos de Cristo, como está escrito: «La paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 6:23, cf. 1:16; 5:18,19).

Solo el evangelio puede dar vida. Las exigencias de la ley moral no tienen ese poder (Gálatas 3:21). Por eso, el bautismo no es el primer acto de obediencia del cristiano. Por el contrario, es un regalo de Dios para nuestro consuelo, pues allí se nos anuncia el perdón de los pecados. El evangelio contenido en el bautismo es una buena noticia que tiene el poder de crear fe en el corazón incrédulo. Esa fe es el instrumento mediante el cual recibimos el perdón y la vida eterna. El bautismo es la promesa de salvación que procede de Dios, no es una exigencia moral, tal como lo explicó Pedro en su sermón de Pentecostés: «dejen que nosotros los bauticemos en el nombre de Jesucristo. Así Dios los perdonará y les dará el Espíritu Santo. Esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y para todos los que nuestro Dios quiera salvar en otras partes del mundo.» (Hechos 2:38,39; TLA). En gratitud por este regalo de Cristo vamos a querer ahogar diariamente nuestra naturaleza pecaminosa, el viejo Adán, con pesar y arrepentimiento, pues todas sus obras y deseos malos deben morir. También cada día ser renovados por la palabra para vivir ante Dios en justicia y pureza por siempre.

Oración:

Te doy gracias Señor que por tu evangelio me diste perdón de pecados y vida eterna gracias a los méritos de tu Hijo Jesucristo. Lo hiciste cuando el Espíritu Santo obró en mí fe y vida nueva por el poder de tu Palabra unida al agua al ser bautizado. Por tus medios de gracia, afírmame en esa misma fe. Amén.

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