(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 15:1–20)

LA VENIDA DEL RENUEVO

Escucha pues, ahora, Josué, sumo sacerdote, tú y tus amigos que se sientan delante de ti, pues sois como una señal profética:

Yo traigo a mi siervo, el Renuevo.

— Zacarías 3:8, Reina-Valera 1995

¿Le gustaría saber cuál es el propósito de Dios para su vida aquí en la tierra? A muchos nos gustaría saber qué papel nos corresponde delante del Señor en la iglesia y el mundo. Zacarías nos dice que un ángel le reveló al sumo sacerdote Josué que él y sus compañeros eran como una señal profética. ¡Cuán feliz ha debido sentirse Josué al saber cuál era su papel! Imagínese, cuando las tareas de oficio estaban especialmente duras y agotadoras, Josué podía sentirse muy animado recordando que cuando él y sus colegas ejercían su sacerdocio eran como una señal profética de parte de Dios, ¡Valía la pena todo el esfuerzo pues redundaría en beneficio de muchos por la eternidad! Pero ¿De qué eran como señal profética? El mensaje de Dios responde: «Yo traigo a mi siervo, el Renuevo»

Este término «Renuevo» (cf. Isaías 11:1) tiene mucha relación con lo explicado por Jesús en Juan 15 acerca de la Vid verdadera. Con la imagen de una planta que obtiene su savia vital en la raíz profunda y no visible, pero que a través de la rama unida a esa raíz hace visible la vida que tiene en los frutos que posee. Así como Cristo, nuestro sumo sacerdote, estuvo vitalmente unido al Padre quien era su fuerza vital con la que llevaría adelante su ministerio trayendo el fruto de la Salvación, del mismo modo, nosotros, sacerdocio santo, no podemos llevar fruto sino estamos vitalmente unidos mediante la palabra de Dios con Jesucristo. No son pues las oraciones, los ayunos, los milagros, ni nuestros sentimientos la evidencia de la vida espiritual que un creyente tiene por la gracia de Dios. Por el contrario, la evidencia es el fruto de arrepentimiento que se manifiesta en 1) el querer reconocer que, aunque hagamos buenas obras, esas mismas buenas obras, al igual que nuestros pecados delante de Dios son solo un trapo de inmundicia contaminado por nuestra naturaleza pecadora; 2) Que solo merecemos toda la ira de Dios y que si hemos sido salvados es solo por los méritos de Jesucristo; y que, en gratitud vamos a querer vivir vidas santas, no para merecer el cielo, sino porque estamos seguros que Cristo nos dio la entrada gratuitamente al ser nuestro doble sustituto (1 Pedro 2:9; Apocalipsis 5:10).

Oracion:

Señor, nunca permitas que olvide que, cuando en la cruz cargaste mis pecados, sufriste toda la ira de Dios en lugar de mí; y me diste tu justicia, esa obediencia perfecta a la voluntad de Dios que hoy me es atribuida por tu gracia. Amén. 

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