LA PALABRA DE DIOS NUNCA SE MARCHITA

Porque «todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo; la hierba se seca y la flor se cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre». 1 Pedro 1:24,25

En nuestra boda, mi esposa llevaba un ramo de rosas amarillas; cuando dio a luz a nuestro primer hijo, yo le llevé una docena de rosas amarillas; las llevó a casa con ella cuando salió del hospital, pero no pasó mucho tiempo antes de que las arrojáramos a la basura, porque se les habían caído los pétalos y su belleza se había marchitado.

Los seres humanos somos como esas rosas: venimos al mundo, florecemos por un tiempo en un campo o en otro, y luego nos marchitamos. Aunque algunos se engañan a sí mismos pensando que van a vivir para siempre, el marchitamiento llega. Aunque otros actúen con arrogancia como si su florecimiento fuera a brillar para siempre, también ellos se marchitan y caen. Hemos aprendido esa lección, vivimos con ella, aunque puede ser que no nos guste.

Isaías nos recuerda que la Palabra de Dios nunca se marchita. ¿Cómo podría marchitarse? Es la Palabra del Dios eterno; cuando él les advierte a los incrédulos que van a terminar en el infierno, lo dice en serio. Se necesitaría que los fuegos del infierno dejaran de arder, para que esta advertencia no se hiciera realidad. Cuando Dios promete que los que creen en el Salvador Jesús va a vivir por siempre con él en el cielo, lo dice en serio. Se necesitaría que los cielos y la tierra dejaran de existir para que su promesa no se cumpliera. En realidad, este mundo y todo lo que hay en él ciertamente van a dejar de existir; pero, como lo prometió, el Señor va a reunir a todos los creyentes en el cielo. La Palabra de Dios nunca se marchita.

Oración:

Señor, todo lo que me rodea son cosas que se marchitan y caen; te pido que llenes mi corazón con las bellas promesas de tu Palabra eterna. Amén.