“Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste … en mantenerse limpio de la maldad de este mundo” (Santiago 1:27)

CRISTIANOS EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO 

Es necesario que se nos recuerde que no somos de este mundo simplemente porque vivimos en este mundo. Somos peregrinos en una tierra extranjera. Nuestra meta es alcanzar nuestro verdadero hogar en el cielo. Allí tenemos la ciudadanía, pero nuestra ciudadanía está amenazada y en peligro constantemente mientras estamos en este mundo pecador.

Este mundo no solo está manchado de pecado, sino completamente empapado de pecado. Nada en el mundo se ha librado del poder corruptivo del pecado. En tal ambiente, no es fácil amar como hijos de Dios. Sin embargo, Santiago nos dice que como cristianos debemos mantenernos limpios de la maldad de este mundo.

Es sumamente importante que estemos atentos a las actitudes e ideas malvadas de este mundo. Esto es difícil porque las opiniones y los pensamientos pecaminosos, cuando se expresan verbalmente, dan la impresión de ser piadosos y razonables. Parece piadoso, por ejemplo, decir que podemos ser salvos basándonos en el buen comportamiento. Por otro lado, la doctrina de que somos salvos solo por los méritos de Cristo parece ser una tontería e irreligioso. Al mismo tiempo, parece razonable decir que podemos establecer todos nuestros propios valores morales, que podemos vivir como nos plazca mientras no hagamos daño a los demás. Pero parece irrazonable creer que Dios estableció normas absolutas de lo correcto y lo equivocado en ese Libro “viejo” y que no tenemos derecho a desviarnos de esas normas en nuestra sociedad moderna.

Además, debemos reconocer y evitar las obras malvadas de este mundo. La actitud natural de desafío y rebelión del hombre da origen a toda clase de comportamiento perverso: la mentira, el engaño, el robo, la desobediencia, la violencia, el derramamiento de sangre, la fornicación, el adulterio, etc.

Así vemos que el trabajo de tiempo completo de un cristiano es “mantenerse limpio de la maldad de este mundo”. Y nos damos cuenta de que es necesario que acudamos a Dios diariamente contritos y arrepentidos, confesando que no siempre nos hemos mantenido limpios y creyendo firmemente que la sangre de su Hijo, Jesucristo, nos limpia de todo pecado.

Oración:

Dejo al mundo y sigo a Cristo Porque el mundo pasará, Mas su amor, amor bendito, Por los siglos durará. Dejo al mundo y sigo a Cristo: Su sonrisa quiero ver Como luz que mi camino Haga aquí resplandecer. (CC161:1,3)

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