LA FÁBRICA DE PECADOS

No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace sino el pecado que habita en mí.

– Romanos 7: 19-20

Cierta vez mi teléfono celular comenzó a hacer llamadas telefónicas por sí solo y cuando intentaba cancelar la llamada simplemente tomaba fotografías. El botón de apagado tampoco obedecía. No podía quitar la batería pues era integrada. Solo atiné a quitar el chip y esperar que la batería se agotara. Algo similar sucede con nosotros cuando ya somos cristianos. Queremos vivir santamente, pero caemos en pecado. San Pablo, en su carta a los romanos nos explica por qué sucede esto.

No queremos cometer pecados por muchas razones. Una de ellas es que queremos estar en buenas relaciones con Dios. Sabemos que él odia el pecado y al pecador (Salmo 7:11). Pero cuando nos proponemos vivir obedeciendo la ley moral de Dios descubrimos lo mismo que descubrió San Pablo, un poder que nos domina, llamado pecado: «Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene cautivo» (Romanos 7:21-23).

Tratamos de no cometer pecados y fallamos porque dentro de nosotros hay una fábrica de pecados que San Pablo llama «pecado», en singular. A este poder que nos impele a pecar llamamos «pecado original». No importa cuánto nos esforcemos en no pecar siempre el pecado nos vencerá a menos que Dios intervenga. Con nuestro propio esfuerzo y poder nadie vence al pecado. Pero Dios ha suministrado la salida. Cada vez que tratemos de vencer la tentación con nuestra fuerza de voluntad caeremos miserablemente. Pero si a Dios pedimos «No nos dejes caer en tentación» él nos auxiliará, pues «El Señor sabe librar de la tentación a los piadosos» (2 Pedro 2:9).

Sin embargo, no agradamos a Dios por nuestro buen comportamiento. Sólo los méritos de Cristo nos hacen agradables a Dios. Aun lo bueno que hacemos no es grato a Dios porque todavía somos malos. Ser declarados justos no significa que ya hagamos lo justo perfectamente, sino cuando Dios acepta como agradable nuestra buena conducta y nuestras buenas obras lo hace por los méritos de Jesucristo. Cristo obedeció perfectamente la voluntad de Dios y padeció el castigo por nuestros pecados. Él hizo estas dos cosas siendo nuestro sustituto. Por la gracia de Dios, los méritos de Cristo son acreditados a nuestro favor. Sólo así le somos agradables. En gratitud vamos a querer vivir santamente confiando en sus méritos.

Oración:

Señor, no merezco todo lo que hiciste por mí. Mi relación contigo ha sido restaurada solo por tus méritos. Por eso solo puedo decir, «¡Gracias!». Amén.