“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34)

“PERDÓNALOS”

Estas palabras no suenan como las de un hombre moribundo, especialmente de alguien que está sufriendo injustamente un dolor atroz. Incluso los cristianos con frecuencia pierden la paciencia cuando les llegan cruces pesadas. Job, cuyos sufrimientos parecían intolerables, maldijo el día en que nació; Jeremías, quien pensó que el peso de su ministerio de predicación era abrumador, se quejó contra Dios. Esas palabras de la cruz revelan el amor perfecto de Cristo por los pecadores. La mayoría de la gente, inocente o culpable, maldeciría a quienes los clavaran a una cruz.

Si alguien tenía un buen motivo para pedir el justo castigo divino, era nuestro inocente Salvador en la cruz. Estaba colgado allí debido a una terrible injusticia. Sobre la base de la información de los testigos sobornados para que dieran falso testimonio, Jesús fue condenado a morir. Una muchedumbre desenfrenada lo abucheó. Lo obligaron a cargar su propia cruz. Por último, lo clavaron a la cruz. Y luego los romanos crueles empezaron a abuchearlo, lo golpearon, le escupieron en la cara. Sin duda, esa turba merecía ser destruida.

Sin embargo, Cristo amó tanto a esa misma gente que lo odiaba sin ninguna causa, que desde lo profundo de la agonía oró por ella. Y no había peros en su oración. “Padre, perdónalos”. ¿Puede haber una mayor prueba del amor de Cristo por nosotros?

Esa oración fue más que una súplica bondadosa que pudo o no pudo haber sido escuchada. Fue la intercesión de Cristo por todo el mundo. Y fue escuchada. Cristo tenía derecho a orar así. Era como si estuviera orando: “Padre, estoy derramando mi sangre por los pecadores, pagando la deuda que toda la gente debe; por lo tanto, te pido que los perdones y los liberes”. Dios contestó la oración de Jesús, porque la Escritura dice: “Fuimos reconciliados con [Dios] mediante la muerte de su Hijo” (Romanos 5:10).

Nada más piense en lo que significa para usted la intercesión de Cristo. Ahora tiene todo el derecho a creer: “Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:1,2). No necesita orar a santos muertos ni tampoco necesita que ellos intercedan por usted, porque usted ya cuenta con un gran Sacerdote e intercesor: Jesucristo, el Justo.

Oración:

Oh Jesús, que en tu dolor Perdonaste con amor, Al rebelde, al malhechor; ¡Óyenos, oh Cristo!

Cuando en nuestra iniquidad Te ofendemos con crueldad, De nosotros ten piedad: ¡Óyenos, oh Cristo! Amén. (Himnario Metodista 326:1,2)

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