EL ELEGIDO DE DIOS

Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu, y llevará justicia a las naciones. No clamará, ni gritará, ni alzará su voz por las calles. No acabará de romper la caña quebrada, ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia;

— Isaías 42:1-3, NVI

Todas las delicias del banquete de Gracia que Jehová ha preparado están disponibles solo por los méritos de Cristo, el elegido de Dios. Este elegido de Dios «llevará justicia a las naciones», pues son su principal objetivo. Él no servirá únicamente a la nación de Israel, sino que su obra también se extenderá y beneficiará a los gentiles. En el versículo que hoy meditamos, justicia significa el juicio basado en una decisión legal. El evangelio, es el anuncio legal y jurídico mediante el cual Dios ha declarado al mundo justo, santo e inocente. Estas son las buenas nuevas. Todas las naciones comparecen ante el tribunal de Dios convictas de pecado, pero por la obra de Jesús y por amor a él, son declaradas libres y justas. Este juicio o «justicia», existe por la obra del Siervo de Dios. Esa tarea sería imposible para cualquier hombre sin el poder del Señor. Por eso Dios dijo que iba a poner sobre él su Espíritu, a fin de que pudiera llevar a cabo su misión.

¿Cómo cumplirá este Siervo su obra? No lo hará ni como un conquistador ni como un opresor. Él será manso y humilde. «No clamará, ni gritará, ni alzará su voz por las calles.» No pisoteará a los débiles ni aniquilará al que se atraviese en su camino. Dios dice: «No acabará de romper la caña quebrada, ni apagará la mecha que apenas arde». Así fue Jesucristo. Él no descartó a quienes le buscaban aunque fueran personas de poca fe. Él no solo no nos descartó. Por su misericordia nos hizo hijos de Dios aun cuando no lo merecíamos. Por nosotros obedeció perfectamente las santas exigencias y padeció sobre sí toda la ira de Dios como nuestro sustituto cuando fue colgado a la cruz.

Oración:

Dios eterno, que enviaste a Jesucristo para salvarnos, tanto al padecer el castigo que merecemos como al obedecer perfectamente tu voluntad en lugar de nosotros. Concédenos servirte, agradecidos, compartiendo con los demás la maravillosa verdad del evangelio. Amén

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