EN LA CASA DE DIOS 

 Yo me alegré con los que me decían: «¡A la casa de Jehová iremos!». 

 —Salmo 122:1, Reina-Valera 1995 

¡Jerusalén está de moda! Desde hace muchos años atrás muchos turistas occidentales visitan la ciudad que fue testigo de las grandes maravillas de Dios. Allí grandes coros y una impresionante orquesta acompañaban la adoración a Dios en tiempos del rey David y de su hijo Salomón conforme a las instrucciones del Señor. Todo aquel que amaba a Dios oraba por Jerusalén, la ciudad donde se encontraba en templo de Jehová, la casa de Dios. Pero allí también fue rechazado y crucificado el Mesías, Jesucristo, el Salvador del mundo. Esta ciudad, que fue gloriosa por las cosas que el Señor llevó a cabo allí, no permaneció como una ciudad de paz, porque desechó al único que era su paz (Lucas 19:42). Hoy día predomina en Jerusalén la rivalidad y el odio.  

 

Este salmo que nos habla de Jerusalén, tiene que ver con otra ciudad, la que Dios prometió a Abraham, quien «esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor.» (Hebreos 11:10), «la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros [los cristianos]» (Gálatas 4:26). Cada vez que juntos rendimos culto, nos reunimos en Jerusalén, como está escrito: «Ustedes, en cambio, se han acercado al Monte Sion y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo pacto (Hebreos 12:22-24, Nueva Biblia de los Hispanos) El apóstol Juan fue llevado en el espíritu allá y presenció, en visión, la adoración que se rinde a la Santísima Trinidad. Allí Juan escuchó el canto antifonal de los cuatro seres celestiales respondido por los 24 ancianos y seguidos por un inmumerable coro de ángeles. Reconocemos que así es cuando en nuestro culto el celebrante dice: «Así, pues con ángeles y arcángeles, y con toda la corte celestial, alabamos y magnificamos tu glorioso nombre, ensalzándote siempre, diciendo: ¡Santo, santo, santo, Señor Dios de Sabaot!  Cielo y tierra están llenos de tu gloria: ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!  

 

Esta unión alcanza su estado más glorioso en la Nueva Jerusalén descrita en Apocalipsis 21. Allá el pueblo de Dios vivirá en completa seguridad y el Mesías los gobernará en justicia para siempre. Esta ciudad es nuestro gozo; por esta ciudad suben nuestras oraciones. Nuestro viaje es hacia esta ciudad. 

 

Oración:

Dios mío, sólo una cosa te pido, sólo una cosa deseo: déjame vivir en tu presencia todos los días de mi vida, para contemplar tu hermosura y buscarte en oración. Amén. (Cf. Salmo 27:4, Biblia Traducción en lenguaje actual)

www.cristopalabradevida.com/

Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

Licencia Creative CommonsEsta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Todas las citas bíblicas, a menos que se indique lo contrario, están tomadas de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, NVI®. Copyright © 1986, 1999, 2015 por Biblica, Inc. ™ Todos los derechos reservados en todo el mundo.