“Entremos por sus puertas y por sus atrios con alabanzas y con acción de gracias” (Salmo 100:4).

¡ALABE AL SEÑOR EN LA IGLESIA!

“Yo me alegro con los que me dicen: ‘Vamos a la casa del Señor” (Salmo 122:1). Fuimos a la casa de Dios con gratitud en nuestro corazón. Dios nos cuidó otra semana; estuvimos por los atrios del Señor. Vivimos en un país donde se permite que adoremos a Dios en la forma que él quiere que lo hagamos. Estuvimos agradecidos a Dios por el compañerismo de los creyentes, por pastores y maestros fieles, por el hermoso don de la música que nos recuerdan las alabanzas ilimitadas de la eternidad. Estuvimos contentos de asistir a la iglesia.

Cuando nos sentamos, vimos el banquete que el Señor había preparado para nosotros. La pila bautismal estaba descubierta. Hoy Dios traería un niño a las filas de sus creyentes. ¡Bendito sea Dios! Los libros estaban abiertos en el altar, en el atril y en el púlpito. Hoy nuestro pastor nos traería la palabra de Dios. Él había prometido predicar la palabra de Dios y nada más. Lo había hecho en el pasado. Hoy predicaría nuevamente a Jesucristo crucificado y resucitado. Una tela blanca cubría los utensilios sagrados en el altar. Dios otra vez nos alimentaría con el cuerpo y la sangre de su unigénito Hijo, Jesucristo. Escucharíamos las preciosas palabras: “Tus pecados te son perdonados; ve en paz”.

Entonces agradecimos a Dios y alabamos su gracia maravillosa. No lo podríamos hacer de otra forma. El glorioso evangelio del perdón por medio de Jesús nuestro Salvador hace que cantemos de agradecimiento al dador de cada don bueno y perfecto. No estuvimos solos al alabarlo. Cientos de creyentes estaban con nosotros en la iglesia. Millones de fieles cristianos en todo el mundo nos acompañaron a alabarlo. Nuestros padres, abuelos y amigos cantaron con nosotros ante el trono de Dios. Los ángeles y arcángeles cantaron en el magnífico coro. La creación también añadió su canción gloriosa y constante. El pastor nos recordó este coro de acción de gracias cuando dijo: “Así pues, con ángeles y arcángeles, y con toda la corte celestial, alabamos y magnificamos tu glorioso nombre, ensalzándote siempre diciendo: ¡Santo, santo, santo, Señor Dios de Sabaot!”.

El privilegio de adorar con nuestros hermanos creyentes en la casa de Dios es una señal de gracia y misericordia de Dios hacia nosotros. Aprovechemos cada oportunidad para ir a la casa del Señor y decir: “Yo me alegro con los que me dicen: ‘Vamos a la casa del Señor”.

Oración:

Señor, muéstranos nuestros pecados. Luego señálanos tu casa en donde las fuentes del perdón fluyen frescas y claras y nunca se secan. Ten misericordia de nosotros, Padre bondadoso. Amén.