¿EN MIS MANOS?

¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! (1 Juan 3:1)

¿Cuál es la mayor bendición que tenemos en nuestra familia terrenal? Es el amor, ¿no le parece? Si el amor está ausente, podemos tener lo mejor, la mejor comida y los mejores vestidos y lo que se quiera, y sin embargo no tener nada.

También en la familia de Cristo, el amor es la mayor bendición. Y el amor de Cristo es de lejos el más grande. Solo piense en cómo es: un amor que lo trajo a la tierra para poner sobre sus hombros los pecados del mundo, a sudar gotas de sangre bajo ese enorme peso, y a estar colgado en una cruz entre el cielo y el infierno para hacer el pago. Un amor que lo depositó en una tumba y lo resucitó para proclamar que el pecado fue pagado. ¿Hubo jamás otro amor como este?

Y hay más: un amor que lo lleva a buscar a los pecadores, alcanzarlos con su Palabra, y sostenerlos a su lado para que puedan ser suyos para siempre. Y aún más: un amor que hace eso por mí, que me encontró en la fuente bautismal, que me habla en el sermón del domingo, que me da esta seguridad en su mesa: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre, dados por ti”. Un amor que me acompaña en el camino de la vida, que me lleva de su mano cuando el camino es demasiado difícil, y finalmente me acuna en sus brazos para el eterno viaje. ¡Oh, la altura del amor de Jesús!

Eso es lo que mi Padre puso en mis manos cuando me hizo hijo suyo. ¿Qué más podría pedir? Sólo una cosa: que su maravilloso amor me mantenga a salvo hasta que en el cielo le pueda dar gracias personalmente.

Oración:

Ámame, Señor, ámame ahora y siempre. Amén.