ETERNO EN SU EXISTENCIA 

“Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!” Juan 8:58  

Para el pueblo de Israel no había un héroe más grande que Abraham. Sin embargo, él había estado muerto desde hacía dos mil años. Por eso, cuando Jesús, que era un hombre de unos 30 años de edad, dijo: “Antes de que Abraham naciera, yo soy,” ellos se rieron. Vieron solo al Jesús humano, no al divino. Entendieron el contraste: “Abraham nació – Yo soy.” Escucharon lo que les estaba diciendo: que él siempre fue y será porque es el Dios eterno. Pero, para ellos, decir que él era Dios era una blasfemia, punible con la muerte por lapidación. Por eso recogieron piedras para ajusticiarlo. ¡Qué necedad! El Dios eterno había venido a la tierra como lo había prometido, con un solo propósito: salvar a pecadores como ellos. Y ahora querían matarlo.

¡Cuán grande es Jesús! Él es Jesús el Cristo; el mismo ayer, hoy y por los siglos. Es un gran consuelo saber que él es el eterno e inmutable Hijo de Dios cuya sangre ciertamente me limpia de todos mis pecados. Todo lo que veo a mi alrededor es cambio y decadencia, pero mi eterno Jesús permanece siempre igual. Hace años, cuando mis antepasados pusieron su cruz sobre el altar en mi iglesia, fue en honor de ese Jesús. Hoy todavía está esa cruz, y el Jesús que representa sigue siendo el mismo, mi eterno e inmutable Salvador. Si el mundo continúa, nadie sabe cuántos años más, de manera que mis nietos y los hijos de mis nietos vean esa cruz en el altar, Jesús seguirá siendo siempre el mismo.

Ese Salvador eterno dice: “Créeme.” Es una infinita necedad no hacerlo.

Oración:

Sí, Señor, yo creo, por tu gracia y por la obra del Espíritu. Ayúdame siempre a creer. Amén.