JESUCRISTO, EL ETERNO GRAN SUMO SACERDOTE

«El Señor ha jurado, y no cambiará de parecer: “Tú eres sacerdote para siempre.”»

– Hebreos 7:21

Una de las más importantes misiones de quienes ejercen el sacerdocio es la de colocarse entre la Divinidad y el hombre para interceder a favor de este último. Jesucristo fue declarado por Dios sumo sacerdote a favor de su pueblo, la iglesia. «Como Jesús permanece para siempre, su sacerdocio es imperecedero. Por eso también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:24-25).

Como parte de la iglesia, cada cristiano es llamado a ser sacerdote (1 Pedro 2:9). Es la voluntad de Dios que todos los creyentes intercedamos en oración por nuestros hermanos en la fe y aun por nuestros enemigos (Mateo 5:44). Para un sacerdote dejar de interceder es pecado (1 Samuel 12:23; Santiago 4:17). La intercesión también es pecaminosa cuando no se la hace perfectamente (Mateo 5:48). Este pecado es suficiente para enviarnos a la condenación eterna. La ira de Dios fue manifestada por Jesucristo cuando con un azote de cuerdas expulsó del templo a los que perdieron de vista el propósito por el cual fue construido: la oración (Mateo 21:12). Pero el castigo por nuestro pecado no son unos azotes, sino la condenación eterna. Sí, un mal sacerdocio tiene condenación eterna (Mateo 24:50-51).

Cristo, durante su ministerio, intercedió en oración a favor de sus amigos y de sus enemigos (Juan 15:12; 17:9; Lucas 23:34). Él obedeció la voluntad de Dios perfectamente y también se ofreció en sacrificio por nuestros pecados en sustitución nuestra. En gratitud vamos a querer orar en intercesión por todos (1 Timoteo 2:1).

Jesucristo, cumpliendo su oficio sacerdotal, no ha dejado de interceder por su iglesia y por los miembros de ella (Hebreos 7:25; 1 Juan 2:1). Eso significa que:

1. Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo,

2. Él es nuestro abogado defensor,

3. Él es intercesor a favor nuestro, y

4. Él es aquél que fue probado en todo a nuestra semejanza, pero sin pecado, y por eso, puede compadecerse de nuestras debilidades.

Por eso estamos muy felices de saber que Jesucristo es nuestro Gran Sumo Sacerdote, y en gratitud, queremos ejercer responsablemente el sacerdocio al que somos llamados por él.

No somos salvos porque hayamos buscado o elegido a Dios. Somos salvos porque Dios envió a Jesucristo para cumplir su voluntad perfectamente y para sufrir el pago por el pecado en sustitución nuestra. Somos salvos porque el Padre, en su amor misericordioso nos buscó y nos trajo hacia Jesucristo para conocerle y saber lo que él hizo por nosotros. Nosotros en gratitud vamos a querer conocer a Jesucristo como lo expresó el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses 3:7-10.

Oración:

Señor Jesucristo, gracias te doy por ser nuestro gran Sumo Sacerdote. Amén.