EL PUENTE MÁS GRANDE DEL MUNDO

Yo soy el camino. . . . Nadie llega al Padre sino por mí. Juan 14:6

El verano pasado viajamos a través del magnífico Puente Mackinac, que une las penínsulas superior e inferior de Michigan. ¡Qué puente! Se necesitaron cuatro años, $100 millones, y varias vidas para construir ese puente que tiene ocho kilómetros de longitud con sus aproximaciones. En su construcción se usaron 67,200 kilómetros de cable. Este tiene que ser uno de los puentes más grandes del mundo.

Pero no el más grande; esa distinción la reclama Jesús para él. Él se extiende sobre una brecha mucho más grande que ocho kilómetros, la brecha entre un Dios santo y el humano pecador. Este abismo ha existido siempre, desde que el pecado entró en el mundo, abriendo sus fauces delante de los pecadores como algo que ellos no podían cubrir con sus propios esfuerzos, aunque lo intentaran. Solo Dios podía ser el constructor del puente, porque solo él tenía la capacidad y el material necesarios. Se necesitaron más que $100 millones y kilómetros de alambre y cable para erigir el puente entre la tierra y el cielo. Dios usó la sangre de su propio Hijo. Jesús tenía morir para terminar el Puente al cielo.

Los puentes terrenales tienen una manera de desmoronarse hasta convertirse en polvo. Pero no este puente; Jesús permanece hasta el fin del tiempo, como el único camino al padre. Si usted lo desea, puede alquilar un barco para atravesar el estrecho Mackinac, o puede conducir por centenares de kilómetros alrededor de él. Pero no hay sustituto para el puente de Dios al cielo. “Nadie vine al padre sino por mí”, dijo Jesús. Para poder llegar a las costas del cielo, tengo que viajar por Jesús como el camino.

Oración:

Misericordioso Señor, te pido que me muestres el camino al cielo; que me sostengas en la fe en Jesús como único camino. Amén.