(Lectura de la Biblia en tres años: 1 Reyes 12:1–24, Juan 6:22–24)

TODOS ADOREN AL SEÑOR CON REGOCIJO

Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos. Somos su pueblo, ovejas de su prado.

—Salmo 100:3

¿Le gustan las celebraciones? Usualmente apreciamos las celebraciones cuando festejan un evento que no fue fácil de lograr. Cuanto mayor fue la dificultad mayor resulta la celebración. En el salmo de la meditación de hoy somos invitados a adorar al Señor con regocijo. ¿Por qué? ¿Cuál es la celebración?

El Salmo 100, que es uno de los más apreciados en la historia de pueblo de Dios, nos revela importantes motivos por los cuales es apropiado celebrar en adoración al Señor con mucho regocijo

Primero: Somos criaturas de Dios, Él nos hizo, le pertenecemos. Puesto que Dios jamás ha abandonado a sus criaturas es propio que estemos agradecidos (Salmos 104:24-28; Mateo 6:25-30) Pues inclusive a nosotros, los seres humanos pecadores, Él ha seguido proveyéndonos de todo lo necesario para la subsistencia (Hechos 14:17; Mateo 5:45). Segundo: Por causa de la Caída de Adán y Eva nosotros nacemos pecadores y por tanto tenemos la tendencia natural de desobedecer a Dios y no honrarlo, tal como está escrito: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» (Romanos 1:21) Por esto somos merecedores de toda la ira de Dios. Pero Dios en su misericordia envío a Jesucristo para que, como sustituto nuestro, obedezca perfectamente la voluntad de Dios de modo que ese mérito nos sea atribuido gratuitamente y para que en lugar nuestro Él sufra en la cruz el castigo que merecemos. Por Cristo somos libres de la condenación eterna gratuitamente y eso es motivo de gran regocijo. Tercero: Gracias a Cristo tenemos acceso a una buena relación con Dios. Sin embargo debido a nuestra imperfección no somos capaces de mantener esa buena relación. Por esto Dios nos promete protegernos como a sus ovejas y cuidarnos de tal manera que no nos perdamos. Podemos confiar que Él cumplirá su promesa. ¡Alabémoslo con regocijo!

Oración:

Bienaventurado Dios: «Has cambiado mi lamento en baile; quitaste mi luto y me vestiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado.
Jehová Dios mío, ¡te alabaré para siempre!». Amén. (Salmo 30:11-12).

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