“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

“EN EL PARAÍSO”

Cuando vieron al que se llamó a sí mismo Rey colgado e indefenso en la cruz, los líderes judíos comenzaron a burlarse de Jesús: “¡Sálvate a ti mismo y desciende de la cruz!” (Marcos 15:30). Esa burla se contagió. Los soldados romanos siguieron con los gritos. Incluso uno de los ladrones crucificados se unió a la burla. Pero uno, el criminal que estaba al lado derecho de Jesús, no vio nada que causara risa. Supo que era pecador. Recriminó al otro ladrón y confesó que estaba recibiendo la debida recompensa por sus actos. Entonces oró a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lucas 23:42).

¿Quién hubiera esperado que el ladrón ofreciera una oración así? Tenía todos los motivos para temer y perder las esperanzas. Toda su vida la había pasado cometiendo delitos y desafiando a Dios. ¡Ahora enfrentaba la eternidad, con tales antecedentes! Pero a pesar de todo eso, albergó la esperanza de que Jesús lo salvaría.

Jesús le contestó: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esas palabras para un hombre así nos muestran que no hay nadie tan corrupto o malvado que Dios no desee salvarlo. Su misericordia se extiende a todos los pecadores, sin importar cuán profundamente estén sumidos en el pecado. Amó a Saúl tanto como a David, a Judas tanto como a Pedro; y ahora ama al borracho, al blasfemo y al asesino tanto como al cristiano más virtuoso. “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).

Pero las palabras que Cristo dijo al ladrón revelan algo más, a saber, que todos los pecadores pueden ser salvos solo por la gracia de Dios. ¿De qué obras buenas podía jactarse este ladrón? ¿Qué había hecho para ganar la salvación? Toda su vida fue de violencia desenfrenada, no respetó la ley ni la dignidad —ni a Dios. Y sin embargo, a un hombre como ese Cristo le dijo con un juramento: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tales palabras para una persona así por supuesto muestran que la salvación viene por la sola gracia de Dios.

Querido oyente o lector, las palabras de Cristo son un sermón para usted. Le dicen que no permita que sus pecados lo hagan perder las esperanzas, sino confiar humildemente en su Salvador agonizante y sangrante. Ha elegido salvarlo a usted, igual como salvó al ladrón, por la sola gracia, a pesar de todos sus pecados. Así que pida al Salvador que lo recuerde con su perdón. No rechazará su oración; no puede rechazarla.

Oración:

Oh buen Salvador, Jesús, que al ladrón, allá en la cruz ofreciste vida y luz: ¡Óyenos, oh Cristo!

Que en vergüenza y confusión supliquemos tu perdón, y encontremos salvación: ¡Óyenos, oh Cristo! Amén. (Himnario Metodista 326:2)

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