UN MÉDICO A BORDO

Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados.” Marcos 2:5

“¿Hay un médico a bordo?”, preguntó la azafata a través del intercomunicador. Un pasajero se había enfermado durante el vuelo en que yo viajaba dentro del país, y necesitaba atención inmediata. Afortunadamente se presentó un médico.

El paralítico necesitaba atención inmediata. Fue por eso que sus amigos arrastraron la camilla hasta el techo y lo bajaron para ponerlo delante de Jesús. Como no pudieron abrirse camino en medio de la multitud, quitaron las tejas del techo, en su determinación de llegar hasta el sanador. Jesús curó primero la enfermedad más grave de ese hombre. “Tus pecados quedan perdonados,” le dijo al hombre. Y así fue hecho. Ahí estaba un médico que no solo prescribía medicinas, sino que era en sí mismo la medicina. Jesús le ofreció al paralítico el perdón que necesitaba, el perdón que Jesús había venido a preparar en la cruz del Calvario. Después, el Salvador se ocupó con el problema menor: “Levántate, toma tu camilla y anda,” le dijo el médico divino al hombre. Y también así fue hecho.

Desde luego, Jesús quiere que yo vea su mano sanadora detrás del conocimiento del médico, de la botella con la prescripción y de la capacidad del cirujano. Pero, de manera especial, quiere que yo sepa quién se ocupa de las necesidades de mi alma. Solo su perdón, preparado en la cruz del Calvario, puede suturar las heridas del pecado en mi alma. Solo su poder puede lograr el trasplante de corazón que necesito, para reemplazar el corazón muerto en incredulidad con un corazón que late en la fe. Sólo su habilidad puede corregir el ritmo de mi corazón para que coincida con lo que él quiere. Ese es el médico que necesito a bordo del vuelo de mi vida en la tierra, en cada instante.

Oración:

Médico divino, dispénsame la medicina de tu perdón y sana mi corazón cada día. Amén.