“Pues éste es el amor a Dios: que obedezcamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son difíciles de cumplir. Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo” (1 Juan 5:3,4)

EL AMOR NO ES UNA CARGA

“¡Canten alegres al Señor, habitantes de toda la tierra! ¡Sirvan al Señor con alegría! ¡Vengan a su presencia con regocijo!” (Salmo 100:1,2).

Todos sabemos que esta es religión como debe ser, ¿no es así? No algo que se imponga a la gente ya sea que le guste o no. La religión, como debe ser, viene del corazón que ama a Dios, un corazón agradecido, un corazón alegre, un corazón que conoce la grandeza del amor de Dios por nosotros.

Lo bueno de la vida cristiana es que no se vive bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia no siempre se muestra por fuera. Una persona del mundo también puede servir debido a una fe falsa en Dios. Esta es la forma de engaño del diablo desde el principio. La diferencia se remonta al corazón, al corazón que ama a Dios.

Eso es a lo que Juan insinúa cuando nos dice: “Pues éste es el amor a Dios: que obedezcamos sus mandamientos”. No es una carga servir a quien se ama ¿verdad? El amor se deleita en realizar ese servicio. Agradar a alguien a quien amamos es una alegría, no una carga. El amor no se siente como una carga.

Aun así, el mundo está listo para confundirnos, haciendo que la obediencia gozosa hacia nuestro Dios se convierta en un deber, una lata, una obligación, una carga. “Hay que compadecer al pobre cristiano”, grita el mundo, “¡hay tanto que no puede hacer!”. Si esa es la forma en que el mundo considera la religión, uno no debe asombrarse de que la gente del mundo esté siempre pidiendo a gritos la libertad de las restricciones que Dios nos ha impuesto. Y así la confusión se multiplica. ¡Estos son los mismos trucos que el diablo usó para engañar a Adán y Eva en el principio!

“Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, nos recuerda Juan. Como ve, eso aclara la confusión. No se trata de que se nos impongan restricciones. No se trata de someterse a las exigencias del dictador. Es un corazón que ama a Dios y se deleita en hacer la voluntad del Padre. Esto es hermoso.

Oración:

Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, Y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón Y tu trono en él tendrás. Amén. (CC 255:5)