(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 16)

LLEGÓ LA HORA DE DESPERTAR

Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó como a un hombre a quien se despierta de su sueño.

— Zacarías 4:1, Reina-Valera 1995

¿Le aburren los largos diálogos de las películas antiguas? ¡Qué diferencia con las actuales, donde a cada instante no falta una explosión o alguna escena de acción que nos mantenga despiertos! Los seres humanos tenemos la tendencia a acostumbrarnos y a adaptarnos a todo. Un ejercicio que al inicio estimuló nuestros músculos, haciéndolos más fuertes, pronto se torna rutinario y pierde el efecto. Un ministro cristiano, que en las primeras etapas de su ministerio mostró diligencia y devoción para servir, cuando ya es muy capaz se vuelve rutinario y «profesional». Algo así sucedió con el profeta Zacarías. Se habituó a la visión y pronto estaba como dormido, tanto que el ángel tuvo que despertarlo. A nosotros también la Escritura nos amonesta a mantenernos despiertos (Romanos 13:11-13)

¿Para qué despertó el ángel a Josué? El ángel le mostró un candelabro de oro macizo. Cuando Zacarías preguntó qué significado tenía ese candelabro recibió esta respuesta: «Esta es palabra de Jehová a Zorobabel». Sí, como el Salmista lo dice: «Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero.» (Salmo 119:105). Así es la palabra de Dios, como una costosísima lámpara de oro sólido, pero no nos es de ningún beneficio si estamos dormidos. La Biblia tiene muchas amonestaciones que nos animan a mantenernos despiertos, a vela y a vigilar en tanto que Jesucristo retorna. Esto no significa que Dios nos manda a celebrar reuniones en las que tenemos que desvelarnos toda la noche. Estar despiertos significa que «Debemos temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad». Por causa de nuestro viejo Adán no hemos hecho esto perfectamente y muchas veces hemos preferido otras actividades a las reuniones cristianas. El hacer esto es menosprecio a Dios y su palabra, por lo cual merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo apreció perfectamente la palabra de Dios en lugar nuestro (Lucas 2:41-47; 4:16) y padeció, por nosotros, la ira de Dios en la cruz (Isaías 53:6). En gratitud vamos a querer apreciar la Palabra de Dios haciendo de ella nuestro principal interés estudiándola y aprendiéndola diariamente.

Oración:

Señor, en gratitud a tu amor queremos «temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos tu palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.» Te pedimos así sea. Amén. 

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