JESUCRISTO, ESPLENDOR SIN BELLEZA

No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable.

– Isaías 53:2

La creación, en general, exhibe un sinfín de ejemplos de belleza. El escritor de Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, escribió: «Dios hizo todo hermoso en su momento» (Eclesiastés 3:11). A la belleza que destaca o impresiona denominamos esplendor o gloria. Al contemplar la maravillosa naturaleza es fácil exclamar: «¡Cuán impresionante será la belleza, la gloria, el esplendor del Creador!». Sin embargo, Isaías describe a Dios, el Hijo, como alguien sin belleza. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser que el Creador de toda hermosura pueda carecer de ella? (Juan 1:3).

El contexto del pasaje de Isaías describe, proféticamente, los padecimientos que el Mesías sufre para obtener la salvación de la humanidad. La crucifixión evidente e innegablemente desfiguró físicamente a Jesucristo. Los golpes en su rostro y los azotes que lo flagelaron marcaron horrorosamente su cuerpo. Pero lo que de verdad lo hizo abominable fueron nuestros pecados, cargados sobre él. Al llevar en sí el pecado de la humanidad entera se tornó sin atractivo ninguno delante del Padre de tal manera que quedó en el desamparo de Dios (Mateo 27:46). Para obsequiarnos la belleza de su justicia y salvarnos, Cristo tuvo que tomar nuestro abominable pecado sobre sí mismo, siendo nuestro doble sustituto.

Jesucristo lleva las cicatrices que le costaron nuestra redención. Esas heridas en sus manos y costado, y sobre todo la de su alma, son la irrefutable prueba del amor eterno de Dios que le movió a redimirnos.

Oración:

Cordero inmolado que quitas el pecado del mundo, te bendigo y doy gracias porque por tu gracia, amor que no merezco, me haces grato delante del Padre. Amén.