JUICIO CONTRA LAS VACAS DE BASÁN

Oigan esta palabra ustedes, vacas de Basán, que viven en el monte de Samaria, que oprimen a los desvalidos y maltratan a los necesitados, que dicen a sus esposos: «¡Tráigannos de beber!»

El Señor omnipotente ha jurado por su santidad: «Vendrán días en que hasta la última de ustedes será arreada con garfios y arpones».

—Amós 4:1-2

Para el tiempo de Amós el reino de Israel estaba dividido en dos reinos, uno al norte, llamado Israel, con su capital en Samaria y el otro al sur, llamado Judá, con su capital en Jerusalén. Amós, que nació en el sur, es enviado por Dios con un mensaje de advertencia no solo a su propia nación de Judá, sino particularmente al norte, al reino de Israel (Amós 4:12-13). ¿Por qué? Porque los israelitas, encandilados por la prosperidad, han olvidado la ley de Dios y el pacto de Moisés y, con su maldad, se hicieron culpables de contaminar la tierra santa con idolatría, inmoralidad, opresión e injusticia social, derramamiento de sangre y violencia (Amós 1:1–2:16). Dios mismo, por boca de Amós, anuncia el castigo que vendrá sobre las «Vacas de Basán» ¿A quiénes se refiere al decir «Vacas de Basán»?

Basán, era una región fértil al este del Jordán y del mar de Galilea notable por sus nutritivos pastos por lo que el ganado de Basán era considerado de buena calidad ((Deuteronomio 32:14; Salmo 22:12; Ezequiel 39:18). La alta sociedad de Basán no se diferenciaba de su ganado pues vivían una existencia puramente animal. Fascinadas por su prosperidad material, las mujeres ricas de Samaria, como ganado de buen aspecto, vivían preocupadas sólo por satisfacer su propia hambre, sed, y necesidad de lujos materiales a expensas de los pobres oprimidos. Su ambición de riquezas y lujo empujaba a sus esposos a cometer injusticias mayores que Dios no dejaría sin castigo.

El apóstol Pablo escribió: «el amor al dinero es la raíz de toda clase de males». (1 Timoteo 6:10) Así es, la codicia nos hace esclavos de las riquezas. Jesucristo dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24). Tener riquezas no es malo. Pero amarlas es un pecado por el que merecemos toda la ira de Dios. Aún los pobres que aman las riquezas, las codician o envidian, son culpables de este pecado. Jesucristo amó y sirvió a Dios en lugar de nosotros (Mateo 4:8-11) y fue a la cruz para pagar el castigo por nuestra codicia. En gratitud vamos a querer servir a Dios contentos con lo que tenemos sin codiciar lo ajeno (1 Timoteo 6:6-10).

Oración:

Señor, tú eres la verdadera riqueza: contigo lo tenemos todo y sin ti nos falta todo. Concédeme un corazón agradecido y contento, dispuesto a servirte.   Amén.

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