PROYECTOS DE AMOR

Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto.

– Mateo 5:43-48

Cierta ocasión un fariseo preguntó a Jesús: ¿Quién es mi prójimo? (Lucas 10:27). Esta pregunta, que será nuevamente planteada con cada nueva generación que surge en la tierra, requiere la respuesta contundente que Jesús dio con la parábola del buen samaritano: aquella persona a mi alcance que necesita de mi solidaridad.

Prójimo significa próximo, al alcance. Los fariseos entendían tal proximidad solo en el sentido ideológico y partidario, es decir, consideraban su prójimo solamente a otros fariseos que vivían en su propio país. Pero según la Biblia el prójimo puede ser cualquier otro ser humano de quien nos consta necesitar nuestra solidaridad.

Dios quiere que no seamos indiferentes ante nuestro semejante. Nos ha llamado a ser su real sacerdocio que obra por amor agradecido, y que expresa ese amor incondicionalmente de la manera que es necesitado. El amor que Dios nos demanda no es un amor improvisado; es un amor deliberado que está preparado para responder cuando se lo necesita. ¿Apartamos de nuestros ingresos deliberadamente una porción para ayudar incondicionalmente a algún prójimo necesitado? ¿Lo hacemos planificando que no redunde en nuestra propia gloria?

No podemos amar a nuestro prójimo perfectamente, como lo exige Dios. Inclusive, nuestra naturaleza pecaminosa heredada de Adán contamina todo lo bueno que hacemos por nuestro prójimo. Por eso nuestras buenas obras no son aceptables ante Dios. Jesucristo vino para amar al prójimo perfectamente, en lugar de nosotros. Dios acepta las buenas obras de Cristo como si fueran nuestras. Cristo también fue nuestro sustituto en la cruz, donde recibió el castigo que nosotros merecemos por no amar perfectamente al prójimo. En gratitud vamos a querer amar al prójimo, aunque tal prójimo nunca lo merezca, y vamos a querer deliberadamente planificar mejores maneras de expresar tal amor.

Oración:

Señor, no he amado a mi prójimo como tú lo mandas. En gratitud por la obra redentora efectuada por Cristo a mi favor, quiero amar al prójimo de la mejor manera. Por eso te suplico que me concedas la oportunidad y la capacidad para ejercer tal amor. Amén.

Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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