CLEMENTE Y MISERICORDIOSO ES JEHOVÁ.

¿Qué Dios hay como tú, que perdona la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad?

No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia.

— Miqueas 7:18, Reina Valera 1995

Jehová, por medio de la profecía de Miqueas, a Israel penitente le ha asegurado su perdón, y al remanente la liberación del exilio. Él ha prometido a Israel que su remanente llegará a ser la iglesia del Nuevo Testamento, donde gente de todas las naciones, tendrán en el Señor el perdón, la vida eterna y la plena salvación.

Después de oír todo esto, Israel no se puede contener, pues con gratitud y lleno de gozo exclama: «¿Qué Dios hay como tú?» Esta expresión, que guarda estrecha similitud con el significado del nombre del profeta (Miqueas significa «¿quién es como Jehová?»), enfatiza la misericordia de Dios, para mostrar que no hay absolutamente nadie como Jehová quien perdona los pecados (mencionados cuatro veces), es compasivo (cuatro veces), y es fiel (dos veces). Es interesante que Miqueas no pregunte ¿quién es como Adonay? La palabra hebrea «Adón» significa «Señor» en el sentido de dueño o amo. Pero «Adonay» es una forma intensificada que denota soberanía. Por otra parte «Jehová» (en hebreo, Yehovah) es el nombre de Dios que enfatiza su gracia y misericordia. Así Miqueas reitera una verdad que está presente a lo largo de toda la Biblia: Dios no nos salva movido por su decisión soberana. Por el contrario, nos salva movido por su misericordia.

Nuestros pecados son la expresión práctica de nuestra maldad interna contra la santa voluntad de Dios; y de nuestra obstinada rebelión y perversidad delante de Dios. Dios perdona todos nuestros pecados independientemente de la cantidad o del grado de perversidad de los mismos. Él los traslada de nuestra cuenta a su Hijo, quien los carga en la cruz y sufre las consecuencias por nosotros. Así es como sepultó (puso debajo sus pies) «nuestras iniquidades» de manera que ahora están muertos por lo que no pueden ser usados en contra nuestra. Jehová (el Dios Triuno, la Santísima Trinidad) los arroja «a lo profundo del mar», o sea, al olvido.

En su misericordia, Dios ha cumplido su promesa de salvación a todas las naciones por medio de su Hijo Jesucristo, quien obedeció la voluntad de Dios perfectamente en lugar de nosotros y murió en la cruz pagando el castigo al sufrirlo en lugar nuestro. Por eso él es nuestro sustituto y en gratitud vamos a querer servir en adoración a nuestro Dios clemente y misericordioso.

Oración:

Señor, en gratitud a tu amor queremos «temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos tu palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.» Te pedimos así sea.  Amén.

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