TESTIGOS DE DIOS.

«Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios ni lo será después de mí. Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay quien salve.

—Isaías 43:10-11, RV95

En el texto que meditamos hoy, Dios afirma que el pueblo de los antiguos israelitas eran sus testigos. Ellos fueron testigos de cómo él les había librado poderosamente de la esclavitud en Egipto y de muchas otras divinas y sobrenaturales intervenciones. Sin embargo, este pueblo siguió rebelándose contra el Señor para seguir adorando ídolos paganos. Por esto el Señor afirma que ellos estaban ciegos y sordos. De igual manera, cuando Jesucristo impartía sus enseñanzas, la gente de Israel que fue testigo presencial de la enseñanza, milagros y portentos que él realizó. Pero aún así seguían rechazándole y siendo incrédulos ante la verdad bíblica. No creyeron que Jesucristo era el Mesías y mucho menos que él era la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios el Hijo, hecho carne. Más tarde, el apóstol Juan escribió, como un testigo, lo siguiente: «Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído. (1 Juan 1:1-3).

El apóstol Juan respecto del Verbo de Dios (Cristo antes de su encarnación) da el siguiente testimonio: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. […] Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. […] A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer.» (Juan 1:1-18).

Los apóstoles que siguieron a Jesucristo fueron testigos de Dios y de que él es el único que salva. Juan testifica: «Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, […] Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.» (1 Juan 1:2-3). Junto a ellos, nosotros también somos testigos de la salvación gratuita y en gratitud vamos a querer testificar.

Oración:

Señor, desde la profundidad de mi pecado nada podía hacer para salvarme pues estaba muerto espiritualmente. Pero por tu misericordia me has dado vida eterna. Por los méritos de tu Hijo Jesucristo nuestro doble sustituto, en gratitud quiero vivir consagrado a ti y a tu servicio, siendo testigo tuyo. Amén. 

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