DESDE LO PROFUNDO. 

 De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. 

Señor, oye mi voz; 

Estén atentos tus oídos 

A la voz de mi súplica. 

 JAH, si mirares a los pecados, 

¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? 

Pero en ti hay perdón, 

Para que seas reverenciado. 

 —Salmo 130:1–4, RV60 

«Lo bueno de tocar fondo es que desde ahí todo es camino de subida», se suele decir para animar a quien le va muy mal pero esperamos que supere su crisis.  

 

En el texto que hoy meditamos, el salmista afirma que ha llegado a lo profundo. Pero no parece ser a lo profundo de una crisis sino a las profundidades del pecado y percibe que su pecado lo ha apartado de Dios. La culpa lo ha hundido en el dolor y en la desesperación. Esas son muy malas noticias pero este salmo no termina aquí, más adelante nos habla de la misericordia de Dios y el perdón de pecados. 

 

La caída en el pecado es un proceso: «cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte.» (Santiago 1.14-15, NBH). Nuestro viejo Adán tiene un muy alto concepto de sí mismo y como un fariseo se siente más justo y correcto que los demás. Con esa actitud lo próximo que viene es la caída, pues «Antes del quebranto está la soberbia, y antes de la caída, la altivez de espíritu.» (Proverbios 16:18) Por esto es necesario tomar conciencia que nuestra carne es débil y que es el enemigo que hay dentro de nuestro propio corazón. Es un enemigo que puede concebir y engendrar pensamientos malos, palabras impías y obras malvadas, y lo hará. Satanás aprovechará nuestra debilidad para querer hundirnos hasta el fondo en el pecado y la condenación. Cristo nos libró de la ira de Dios que merecemos por nuestra naturaleza pecadora siendo nuestro doble sustituto. Él vivió, a la perfección,  la vida justa que Dios nos exige y murió padeciendo sobre sí la ira de Dios que merecemos. En gratitud vamos a querer confiar en la misericordia divina para la salvación de nuestras almas.  

 

Oración:

Señor, desde la profundidad de mi pecado nada podía hacer para salvarme pues estaba muerto espiritualmente. Pero por tu misericordia me has dado vida eterna por los méritos de tu Hijo Jesucristo nuestro doble sustituto en gratitud quiero vivir consagrado a ti y a tu servicio. Amén. 

 

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