MI SANGRANTE PASTOR

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Juan 10:11

El pastor llamó para dictar el tema de su sermón, para el noticiero de la iglesia en el periódico. Lo que dictó fue: “El Señor es mi Pastor.”

“¿Eso es todo?” preguntó la secretaria al otro lado de la línea telefónica.

“Eso es suficiente,” le respondió el pastor. Imagine su sorpresa cuando abrió el periódico del sábado y leyó el tema de su sermón: “El Señor es mi pastor. Eso es suficiente.”

¡Cuán cierto! Jesús es el único pastor que yo necesito. Nadie más puede hacer lo que él hizo. Él dio su vida por mí. Él pensó en mí cuando las agonías de Getsemaní postraron su alma en el polvo. Pensó en mí cuando los azotes le hirieron la espalda. Pensó en mí cuando le pusieron la corona de espinas sobre la frente. Pensó en mí cuando los clavos lo fijaron en el árbol. Pensó en mí cuando dijo, sobre el pago de los pecados: “Todo se ha cumplido.” Pensó en mí cuando derramó su sangre para que yo pudiera vivir. Su sangre pagó por completo todos mis pecados, y su cielo está ahora abierto para recibirme.

Para mí, no basta con decir sencillamente: “Jesús es un buen pastor.” Tampoco es suficiente declarar: “Jesús es el Buen Pastor.” Cuando, por la gracia de Dios puedo decir: “Jesús es mi Buen Pastor,” entonces en verdad tengo algo. Entonces tengo la inmensa diferencia entre la paz y la agitación, entre la salvación y la condenación, entre el cielo y el infierno. Entonces tengo al único pastor que necesito.

Oración:

Amoroso Salvador, te doy gracias porque derramaste tu sangre y moriste por mí. Te doy gracias porque me diste la fe para decir que tú eres mi Buen Pastor. Amén.