“¡El Señor es bueno! ¡Su misericordia es eterna! ¡Su verdad permanece para siempre!” (Salmo 100:5).

¡ALABE AL SEÑOR SIEMPRE!

“¡El Señor es bueno! ¡Su misericordia es eterna!”.

Antes de la formación del mundo, mucho antes de que el primer hombre tuviera aliento de vida, en la eternidad, Dios consultó consigo mismo. Recordó que su misericordia y su bondad no tuvieron comienzo; nunca dejan de existir. Por lo tanto, diseñó un plan para redimirnos del poder de Satanás y de la muerte eterna en el infierno. Reveló su fidelidad a toda la humanidad y a nosotros en particular cuando envió a su Hijo unigénito para sufrir y morir por nuestros pecados. Cuando Jesús cumplió su obra, y dijo: “Consumado es” (Juan 19:30), se rompió el dominio que Satanás había tenido sobre cada uno de nosotros.

Sabemos esto porque nos hicimos miembros de la familia de Dios por medio del lavamiento del Santo Bautismo. Cada vez que escuchamos la palabra de Dios y la tomamos en serio nos fortalecemos más. El cuerpo y la sangre de Jesús en la Santa Cena nos recuerdan que nada puede separarnos del amor de Dios, debido a que Jesús murió por nuestros pecados.

Ahora nuestro deber es darle las gracias y alabarlo, servirle y obedecerlo. La alabanza y el agradecimiento empiezan en casa. Alabamos a Dios cuando le damos gracias por la comida, la ropa y el hogar que tenemos. Lo alabamos cuando le agradecemos los dones de una buena esposa, buenos hijos, amigos fieles, buenos vecinos. Lo alabamos cuando no nos atribuimos el mérito de las cosas buenas que tenemos, sino constantemente señalamos a nuestro Padre celestial como la fuente de cada don bueno y perfecto. Honramos y alabamos a Dios cuando damos toda la gloria y el honor a Jesús, nuestro Señor y Salvador, y nos esforzamos por servirle y obedecerlo llevando vidas santas.

De esta manera la misericordia, el amor y la verdad de Dios se dan a conocer de una generación a otra. Los hijos verán la fe y la vida de sus padres. Ellos también seguirán a Jesús, su Señor y Salvador. Hablarán de su gran misericordia de rescatarlos del castigo eterno. Sus hijos creerán. De esta manera, el evangelio de nuestro Salvador Jesucristo se abrirá camino por el mundo. Grande será el número de los que permanecerán delante del Padre y cantarán:

Oración:

“¡Aleluya! ¡Reina ya el Señor, nuestro Dios Todopoderoso! ¡Regocijémonos y alegrémonos y démosle gloria! ¡Ha llegado el momento de las bodas del Cordero! Ya su esposa se ha preparado… Bienaventurados los que han sido invitados a la cena de las bodas del Cordero… ¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 19:6,7,9; 22:20) Amén.