(Lectura de la Biblia en tres años: Rut 4, Lucas 15:17–23)

LA RESURRECCIÓN DE LOS JUSTOS

Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes.

—Romanos 8:11

En los versículos previos al texto de la meditación de hoy el apóstol Pablo afirmó que quien tiene la mente puesta en las cosas del Espíritu es porque tiene la vida, pero el que tiene fija la mente en las cosas de la carne están en muerte. ¿Cuál es la importancia de esta afirmación?

Pablo escribe con mucha seriedad respecto a este punto. No basta con afirmar que uno es creyente. Es necesario ser creyente de verdad. Un verdadero creyente lleva fruto de arrepentimiento. Ese fruto de arrepentimiento se manifiesta en un continuo deseo de vivir en santidad, no para alcanzar la salvación ni merecerla, sino como expresión genuina y natural de gratitud al Señor. La nueva criatura es agradecida. Pablo señala que quién vive en impiedad e impenitencia (es decir, conforme a la carne) evidencia su muerte espiritual, pues «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo.» (Romanos 8:7). El resultado de quedarse en tal situación es el de no poder estar entre los que resucitan a la vida eterna. Solo si el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo gobierna nuestra vida, ese mismo Espíritu nos resucitará a vida eterna: «Si ustedes viven conforme a [la naturaleza pecaminosa], morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán.» (Romanos 8:13) ¿Cómo se vive gobernado por el Espíritu Santo?

Pablo no se refiere a vivir guiado por sueños y visiones. El Espíritu Santo gobierna la vida del cristiano únicamente por la palabra de Dios: La ley y el evangelio. Con la ley nos muestra como con un espejo cuán pecadores somos y cuáles son las consecuencias que merecemos padecer. Cuando la ley hizo su trabajo de abrirnos los ojos el terror de conocer lo terrible de nuestra situación es el estado en el que estamos preparados para oír las buenas noticias de salvación: el evangelio de Jesucristo. El saber que Cristo obedeció perfectamente la voluntad divina en lugar nuestro y que sufrió por nosotros el castigo que merecemos, no solo es un gran alivio, sino también es el origen de una gran gratitud que nos moverá a querer vivir conforme la voluntad de Dios. En esa situación, el Espíritu Santo usará las enseñanzas de la ley para guiarnos en una vida de gratitud.

Oración:

Señor, por mi propia razón o elección no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acercarme a él y solo merezco tu ira eterna. Gracias te doy, porque tu Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y guardado en la fe verdadera por los méritos de tu Hijo. Amén.

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