“En [Cristo] asimismo participamos de la herencia, pues fuimos predestinados conforme a los planes del que todo lo hace según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11)

LAS BENDICIONES DE NUESTRA HERENCIA ETERNA

Un cristiano del siglo XII es conocido por tres himnos que escribió y que se encuentran en el Himnario Luterano en inglés. Su nombre era Bernardo de Morlas o de Cluny, y el tema de sus himnos es el cielo. Los tres himnos comparten la misma estrofa final. Es obvio que este santo de tiempos pasados dedicó mucho tiempo a la meditación sobre la gran bendición final de Dios, la bendición de la vida eterna.

Esta es realmente la bendición más allá de todas las otras bendiciones porque celebrará la victoria final sobre el pecado, Satanás, la muerte y el infierno. Todos los resultados del pecado se habrán ido para siempre. No habrá más llanto, más lágrimas, más dolor ni penas.

Aquí en la tierra ahora tenemos dolor y problemas. Solo con trabajo y pesar podemos sentarnos a comer el pan de cada día. Sin embargo, Dios nos da alegría incluso ahora, una paz que no podemos comprender plenamente ni explicar, porque viene de las profundidades insondables del amor y de la gracia y la sabiduría de Dios. Tenemos esperanza.

Conocemos bien nuestro futuro, porque nuestro Salvador Jesús ganó nuestro perdón en la cruz del Calvario. Por la fe en él somos hijos de Dios. Y esto lo sabemos porque está escrito en palabras que nada puede borrar: “Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17).

Una dama mayor, respetable y cristiana, cuya vida no había sido nada fácil, una vez dijo a su pastor: “Cuando vengo a la iglesia, me siento mucho más cerca del cielo”. El mensaje que escuchó allí fue de paz, esperanza y reconciliación. Las bendiciones terrenales que gozamos ahora, se nos retirarán cuando muramos. Pero todas las bendiciones espirituales en Cristo culminarán para nosotros con la bendición de la vida eterna.

También hablamos de la bendición final de Dios para nosotros como la herencia eterna, porque las palabras “participamos de la herencia” se entienden bien como las palabras “somos también herederos”. Solo Dios ha determinado cuándo dirá: “Ya has llegado a la edad madura; acepta ahora la herencia de la vida eterna”. Conscientes del amor de Dios y de la gracia en Cristo, en realidad podemos apropiarnos de las palabras del poeta: Lo mejor está por venir.

Oración:

Jesús, en misericordia llévanos a tu querida tierra de descanso. Amén.

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