(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 19:19–43, Juan 1:12–18)

¿QUIÉNES SON LOS HIJOS DE DIOS?

Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Éstos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.

—Juan 1:12–13

El apóstol Juan, después de decir que la luz vino al mundo pero que el mundo no le conoció, añade: «Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios». De estas palabras hay quienes concluyen que para alcanzar la salvación hay que ejercer el libre albedrío para decidir seguir a Cristo por elevar una oración para recibir a Cristo invitándole a entrar al corazón y para llegar a ser hijos de Dios. ¿Tienen razón?

Si leemos solo el versículo 12 del capítulo 1 de Juan parecen tener la razón. Sin embargo, al leer el contexto en el versículo siguiente notamos que la Biblia enseña que los hijos de Dios (los cristianos creyentes) nacen no por la voluntad humana.
Así como un bebé no nace por haber el mismo decidido nacer de igual modo nadie puede nacer de nuevo por su propia decisión. El nuevo nacimiento en el que comienza la nueva vida es un milagro que Dios obra por el poder de su palabra, en el que la voluntad humana no juega ningún papel. Por esto, los hijos de Dios no son quienes por su propia voluntad han decidido ser cristianos. Los hijos de Dios son aquellos que Dios ha engendrado por el poder de su evangelio. Como está escrito: «Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! […] Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. (Efesios 2:4–5,8–9) Dios obró el nuevo nacimiento en sus hijos cuando el evangelio les dio vida impartiéndoles la fe y el perdón de pecados ya sea al ser bautizados o al oír la Palabra de Dios. Por esto mismo los hijos de Dios son los que viven de oír el evangelio. A unos que se imaginaban que eran hijos de Dios Jesús les dijo: «El que es de Dios escucha lo que Dios dice. Pero ustedes no escuchan, porque no son de Dios.» (Juan 8:47). Por los méritos de Cristo, hemos sido redimidos del pecado de no querer oír con gusto la palabra de Dios. En gratitud vamos a querer temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.

Oración:

Señor, confieso que por mi propia razón o elección no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acercarme a él y solo merezco tu ira eterna. Gracias te doy, porque tu Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha dado perdón de pecados y vida eterna, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y guardado en la fe verdadera por los méritos de tu Hijo. Amén.

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