“Porque yo vivo, ustedes también vivirán” (Juan 14:19).

LOS DISCÍPULOS VIVEN CON JESÚS 

Hay vida y hay vida. Dios nos ha bendecido con vida física por medio de nuestros padres. Le damos las gracias por ello y también por nuestra vida espiritual. Nacimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Permanecimos en esa condición hasta que nacimos de nuevo de agua y del Espíritu en el Santo Bautismo. Mediante el bautismo recibimos la vida espiritual. El Espíritu Santo nos llamó a la fe en Jesús. Fuimos hechos herederos de la vida eterna.

Nosotros y todos los discípulos de Jesús debemos nuestra vida espiritual al amor de Dios por el mundo, un amor tan asombroso que “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Romanos 8:32). El Padre lo entregó a la muerte como un sacrificio para quitar los pecados del mundo. Jesús se estaba preparando para hacer ese sacrificio aun cuando aseguró a sus discípulos el Jueves Santo por la noche: “Porque yo vivo, ustedes también vivirán”.

A pesar de que Jesús murió, realmente exhaló el espíritu, él vive. Él es “la vida” (Juan 14:6). La muerte y la tumba no podían retenerlo. Su resurrección al tercer día después de su muerte nos asegura la victoria sobre el pecado, la muerte y Satanás. En efecto, Jesús es “la vida”. ¡Vive!

Esta era una buena noticia para los discípulos. Porque Jesús vive, ellos también vivirían. Por medio de la fe en él como su Señor y Salvador, estaban vivos —vivos espiritualmente. Y su vida con Jesús seguiría aun después de su ascensión. Nunca serían huérfanos; nunca estarían solos. Después de que su estancia en la tierra terminara, vivirían con Jesús eternamente en el hogar que preparó para ellos.

Porque Jesús vive, nosotros también vivimos. Por medio de la fe en Jesús, quien murió por nuestros pecados y resucitó, estamos vivos espiritualmente. La vida que llevamos con Jesús es una vida bendecida. Nunca estamos solos. Está con nosotros en las pruebas y en los problemas que tenemos. Por medio de su palabra nos asegura que nada nos podrá separar del amor de Dios. Nos consuela en nuestros pesares con la promesa de la vida eterna. Aun en nuestras últimas horas, las palabras que Jesús dijo a Marta nos sostendrán: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25,26). ¿Quién de nosotros puede imaginarse la vida sin Jesús?

Oración:

Señor Jesús, gracias por dar tu vida por nosotros para que podamos tener vida spiritual ahora y vida eterna en el más allá. Amén.