“Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí… el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer” (Juan 15:4,5)

FRUTOS SOLO EN CRISTO

Un famoso personaje religioso se sentó solo en un banco en el escenario. El lugar separado donde se sentó reflejaba que sus ideas estaban separadas de todos los demás. Había estado presentando una defensa del cristianismo delante de una multitud hostil y un anfitrión intimidante.

Cuando la presentación terminó, el anfitrión lanzó una última pregunta: “¿Quiere decir que si alguien entra corriendo a una casa en llamas y rescata a la persona que está adentro, no significa nada para Dios solo porque la persona no es cristiana?”. “Así es”, fue la respuesta.

Si en ese estudio hubiera habido brea y plumas, usted no hubiera reconocido al personaje entrevistado. La muchedumbre lo abucheó y el presentador no aceptó la respuesta.

Tan inaceptable como fue la respuesta, era correcta. Jesús dice a las personas: “Separados de mí ustedes nada pueden hacer”. Separados de Jesús no hay nada bueno. No hay salvación; no hay paz con Dios; no hay sino pecado. Separada de Jesús, la gente no puede hacer nada que sea bueno delante de Dios. El escritor inspirado escribió a los hebreos: “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).

Todo esto significa que mucha gente está haciendo aparentemente buenas obras en la vida, pero desde un punto de vista espiritual, esas acciones no tienen valor espiritual. Los cristianos agradecen a Dios por tener buenos vecinos y por ciudadanos que son respetuosos de la ley. Estos son dones maravillosos del Señor, y él premiará a tales personas en esta vida por sus obras generosas. Pero los cristianos que están preocupados por sus almas, deben aclarar que eso no es suficiente. No es suficiente que la gente simplemente haga el bien. Lo que se necesita es que las personas confiesen su incapacidad para hacer el bien que Dios exige en su ley. Deben darse cuenta de que lo que hacen con las manos no lo generan por amor a Dios.

Dios es el único que puede cambiar el corazón. Lo hace llevando a una persona a reconocer su pecado y a confesar al Salvador. Una vez que Dios une a la persona a la vid, las buenas obras —obras que brotan de un corazón que ama a Dios— están allí. Agradezca a Dios por su fe. Ore para que usted sea instrumento de Dios para que otros conozcan a Jesús en la fe y produzcan frutos aceptables delante de Dios.

Oración:

Querido Dios, aleja las sombras de incredulidad y trae a mucha más gente a tu familia por medio de tu palabra purificadora. Amén.

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