Pero tú eres el que me sacó del vientre, el que me hizo estar confiado desde que estaba en el regazo de mi madre. A ti fui encomendado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. No te alejes de mí, tú eres mi Dios. No te alejes de mí, porque la angustia está cerca y no hay quien me ayude. (Salmo 22:9-11)

NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA TUYA

Una de las oraciones más difíciles de hacer es la que Jesús pronunció en Getsemaní: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Cuando tenemos algún plan o alguna esperanza que es muy especial para nosotros, es extremadamente difícil para nosotros renunciar a él o ella. Es posible que hasta nos sintamos resentidos o molestos porque Dios no ve las cosas de nuestro punto de vista.

Jesús, el Cordero de Dios, oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. La expectativa de la agonía y del dolor que él tendría que soportar era casi insoportable. ¡Pero no podría ser de otra manera! El sacrificio del Cordero de Dios era necesario para pagar los pecados del mundo.

Gracias a Dios que en medio de esta situación desesperante el Salvador aún se aferraba a Dios en la fe. Mientras consideraba su vida terrenal, se dio cuenta que él tenía una posición especial en los planes de Dios para los hombres. Desde el nacimiento, Dios ya lo había marcado para un servicio especial. El hecho de que Dios lo había dirigido a la cruz no cambiaba nada. Eso también era una parte del plan eterno para salvar a los pecadores. Así que él confió en que, a pesar de ser desamparado, él era aún de gran importancia par su Padre. A pesar de ser rechazado por Dios, todavía buscó permanecer cercano a Dios y lo reconoció como su único ayudador. Cuando entregó el espíritu, lo hizo con la confianza de que Dios todavía lo estaba respaldando. Dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Jesús estaba seguro de que la voluntad de Dios era una voluntad buena y misericordiosa. Tenemos la misma convicción cuando pensamos en la muerte de Cristo. A pesar de que sabemos que ninguna vida u obra pudo haber llevado a un fin tan degradante o desastroso como el de nuestro Salvador, sabemos que no fue un desastre. Cristo fue fiel hasta el fin. En esto Cristo no fue solamente nuestro Salvador sino también nuestro modelo a seguir.

Cuando la respuesta a nuestras oraciones es diferente a lo que esperábamos o cuando la meta que perseguimos escapa de nuestras manos, no es realmente el fin del mundo. Tenemos la confianza de que Dios tiene algo en mente que es más sabio y beneficioso para nosotros; si también nosotros somos fieles hasta el fin, como lo fue el Salvador.

Oración:

Haz lo que quieras, Señor, de mí;
Tú el alfarero, yo el barro soy;
Dócil y humilde anhelo ser;
Cúmplase siempre en mí tu querer. Amén.

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