LA MÚSICA QUE OFENDE A DIOS

Yo aborrezco sus fiestas religiosas; no me agradan sus cultos solemnes. […]

Aleja de mí el bullicio de tus canciones; no quiero oír la música de tus cítaras.

—Amós 5:21,23

El año 325 d.C., en Nicea los principales líderes cristianos de entonces se reunieron para tratar un asunto de mucha importancia: Un hereje de nombre Arrio que negaba que el Hijo de Dios fuera Dios desde la eternidad y que Jesucristo sea el Hijo encarnado del Dios eterno, acusaba a los líderes de la iglesia de Alejandría de ser herejes sabelianos. Arrio había logrado difundir su herejía con tal éxito que uno de sus seguidores, Eusebio de Nicomedia, el encargado de la educación de los hijos del emperador Constantino, y fue quien le administró el bautizó en su lecho de muerte. Su influencia en Constancio, hijo del emperador, fue tal que poco faltó para que el arrianismo domine todo el imperio. ¿Cómo logró Arrio tal éxito?

Arrio se valió de las melodías populares de la época a las que incorporó letra que enseñe su herejía. Incluso, cuando en el Concilio le leían los pasajes trinitarios de la Escritura, Arrio tapaba sus oídos y cantaba sus heréticas canciones. Para impedir que el daño se repita y debido al impacto de la música de Arrio, se optó por eliminar los instrumentos musicales y el canto congregacional en el culto. En su lugar, se introdujo el canto gregoriano cantado solo por un coro. Esto permaneció así por mil años hasta la llegada de la Reforma. Fue Martín Lutero quien reintrodujo el canto de la congregación y el uso de diversos instrumentos musicales. Calvino, por otro lado, mandó quemar los órganos de las iglesias convencido la música no tenía lugar en el culto. Lutero pensaba que los instrumentos musicales servían para adorar a Dios y que la música puede expresar lo que el espíritu siente. J. S. Bach era luterano y compuso su vasto repertorio con la idea de honrar a Dios con la música. Pero no toda música agrada al Señor y eso es lo que expresa el texto de hoy.

En muchas reuniones cristianas la letra de los cantos no honra a Dios sino al hombre. No hablan de lo que Dios es y hace por el pecador, sino de lo que el pecador hace por Dios. Tales cantos no glorifican a Dios sino al viejo Adán, el yo, que Cristo nos urge negar. Otros cantos hablan lo poderoso que es Dios y no de su obra redentora. Pero aun en el caso que nuestros cantos tengan buenas letras si cantamos con la mente y el corazón distraídos, sin pensar en las palabras que cantamos somos culpables de pecado. Cristo cantó alabanzas a Dios conforme a la voluntad divina en sustitución de nosotros y fue a la cruz para pagar por nuestro pecado (Mateo 26:30 cf. Hebreos 2:10-12). En gratitud vamos a querer cantar a Dios de forma que él sea glorificado.

Oración:

Señor, por los méritos de tu Hijo Jesucristo, cambiaste mi tristeza en alegría. En gratitud quiero cantarte alabanzas siempre. Amén. (cf. Salmo 30:10-12)

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