“Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:1,2)

¡LIBRES AL FIN!

“Libres al fin, libres al fin, gracias a Dios todopoderoso, somos libres al fin”. El Dr. Martin Luther King Jr. pronunció esas famosas palabras desde los peldaños del monumento a Lincoln en 1963. A pesar de que estas palabras iban dirigidas más bien al seno del movimiento por los derechos civiles, expresan también un sentido de libertad espiritual, liberación de la esclavitud y las cadenas, del terror y la tiranía del pecado, de la muerte y de Satanás.

¡Libres al fin! Suena bien, ¿no es así? ¡Libres al fin! Pero, ¿libres de qué? ¿Nos libramos de los platos, de la tarea y del trabajo pesado a diario?, ¿de penas que nos abruman?, ¿de problemas y presiones y de no aprobar el examen?, ¿de sufrir las consecuencias cuando no nos esforzamos lo suficiente?

No, esas cosas forman parte de la vida cotidiana. Mientras vivamos y respiremos y sigamos adelante, esos desafíos son naturalmente gajes del oficio.

El apóstol Pablo nos dirige a la cruz y al crucificado. Nos señala la única fuente de libertad que importa más, la única liberación que verdaderamente durará. Dirige nuestra mirada a Jesús, al unigénito Hijo de Dios, que escribió una proclamación de emancipación para toda la creación con su santa y preciosa sangre y mediante su sufrimiento y muerte inocentes. Jesús nos libró de la maldición de cada obra pecaminosa pasada, presente y futura. ¡Somos libres del fuego de Satanás y del miedo, libres de toda nuestra culpa y vergüenza, libres para seguir en los pasos de Jesús y celebrar su nombre!

La obra de Jesús abre para nosotros la vida en oposición a la muerte, así como la libertad en oposición al cautiverio. No solo nos libró del pecado, sino también de la servidumbre. Nuestro Salvador no solo nos emancipó de la muerte y la condenación, sino también nos dejó en libertad para la vida y la salvación.

Tenemos libertad por fuera y por dentro. Somos libres de la culpa y del pecado. Tenemos libertad espiritual para adorar al Señor Jesús desde el fondo de nuestro corazón, desde los últimos asientos de la iglesia, desde las ofrendas que hay en nuestros bolsillos, monederos y carteras. Cantamos alabanzas y bendecimos su nombre por ver nuestros pecados y salvarnos de todos modos. ¡Libres al fin. De hecho, ¡libres para siempre!

Oración:

Padre celestial, gracias por darme libertad en tu Hijo. Ayúdame a compartir el mensaje de liberación con los que conozca. Amén.

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