¡DETENGAN EL FUNERAL!

Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: ―No llores. . . . Jesús dijo: ―Joven, ¡te ordeno que te levantes! . . . y Jesús se lo entregó a su madre. Lucas 7:13-15

Con los faros delanteros encendidos, banderas especiales en los techos de los carros, los desfiles funerales se abren paso hacia los cementerios. Nadie los detiene. El muerto está muerto, y la tumba lo está esperando.

Solo una vez registra la Escritura que Jesús visitó la ciudad llamada Nain. Fue a detener un funeral. Una viuda iba llevando a su único hijo a la tumba. ¿Quién podría aliviar su dolor de madre? ¿Quién le iba a proveer el sustento en los días de vida que le quedaban? ¿Quién le podría dar una respuesta al temor que siempre produce un funeral; a la preocupación inquietante por el pecado, del que la muerte es la paga?

Jesús hizo más que detener un funeral ese día; él hizo que el funeral fuera innecesario. Con un corazón lleno de compasión y con una voz de poder, Jesús sacó a ese hijo del ataúd, de vuelta a la vida de su madre. ¿Podría yo esperar que el Señor de la vida y de la muerte haga lo mismo por mí? ¿O podría esperar más del él? ¿No ha prometido que todos los que mueran creyendo en él siguen viviendo en el cielo y que el último día sus cuerpos, que fueron puestos a descansar en tumbas, también van a vivir en el cielo? ¿No es la vida eterna que Jesús ofrece muy superior a la que él restauró cuando detuvo la procesión funeral de joven en Naín?

“Aquí, papa, arréglalo” dijo la pequeña niña cuyo globo de helio había caído a sus pies, con un solo estallido. ¿Quién va a arreglar mi vida perforada por la muerte? Solo Jesús puede hacerlo, él ya ha sufrido la muerte para pagar por mis pecados.

Oración:

Señor de la vida y de la muerte, te pido que me ayudes a creer. Amén.