(Lectura de la Biblia en tres años: 1 Reyes 14:1–20, Juan 6:42–49)

SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN

Y te alegrarás en presencia del Señor tu Dios en el lugar donde él decida habitar, junto con tus hijos y tus hijas, tus esclavos y tus esclavas, los levitas de tus ciudades, los extranjeros, y los huérfanos y las viudas que vivan en medio de ti.

—Deuteronomio 16:11

Cuando yo era niño leí una tira cómica en la que unas niñas hablaban de la situación de los pobres: «Cuando sea grande—dijo la niña rica—me asociaré a una fundación de ayuda al desvalido y organizaremos suntuosos banquetes en lo que serán servidos deliciosos platos de alta cocina con las mejores carnes, verduras y bebidas a fin de recaudar dinero y así comprar para los pobres harina, sémola, frijoles y toda la bazofia que ellos comen.» No suena cómico pero de alguna manera refleja la realidad de la ayuda humanitaria que se suele dar.

Por mucho tiempo la sociedad se ha estructurado de manera piramidal donde unos pocos toman control de las riquezas terrenales para poder mantenerse lejos de aquél prójimo que consideran indeseable. Una manera fue la práctica de «reservar el derecho de admisión». En la primera mitad del siglo pasado, la población afro descendiente de los Estados Unidos luchó por el derecho de poder comer en los mismos restaurantes que servían a la población blanca. En otros países el alto precio de la comida basta para impedir el ingreso a muchos. Dios mandó a los israelitas del Antiguo Testamento celebrar las fiestas religiosas con banquetes en los que los pobres, los extranjeros, los huérfanos, las viudas, es decir, todos los desfavorecidos debían ser los invitados de honor. La idea no era regalar al pobre lo que sobra, sino comer y disfrutar la fiesta con él como semejante. Jesucristo mismo dijo: «Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes […] cuando des un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. (Lucas 6:31; 14:13). No hemos amado a nuestro prójimo desafortunado tratándole como queremos ser tratados (Santiago 2:1-6). Por esto somos merecedores de toda la ira de Dios. Jesucristo sí amó al prójimo como se debe y lo hizo en lugar nuestro. También fue castigado por nosotros. Por sus méritos somos perdonados gratuitamente. En gratitud vamos a querer amar como Dios manda, sin hacer acepción de personas.

Oración:

Señor, confieso que yo también hago acepción de personas de modo que doy trato preferente a unos pero a los otros no. He sentido que hice un favor y una gracia cuando ayudé a mi prójimo desvalido olvidando que él es mi semejante y que debo amarlo tanto como yo me amo. Gracias te doy por Jesucristo pues por sus méritos y sacrificio he sido perdonado. Te suplico Señor me concedas un corazón como el de tu Hijo para amar al que no me parece digno de ser amado. Amén.

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