“La raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual algunos, por codiciarlo, se extraviaron de la fe y acabaron por experimentar muchos dolores” (1 Timoteo 6:10).

UN PROBLEMA PERPETUO 

No es el dinero en sí; el uso del dinero no es necesariamente el problema. El verdadero problema es el amor al dinero. Podemos imaginarnos al avaro regodearse con el montón de monedas, acariciando cada una con obvio deleite. Podemos imaginarnos al financiero cuya vida está centrada en la riqueza y dedicado nada más que a aumentarla.

Ese no es nuestro problema, ¿no es así? A la mayoría de nosotros nos cuesta mucho llegar al fin del mes. Tal vez podemos darnos el gusto de vez en cuando de algún lujo modesto, pero realmente nuestro único problema con el dinero es la falta de ello.

Mirémonos más de cerca. ¿No sería estupendo si nos sacáramos el premio gordo con ese boleto de lotería? ¿No nos gustaría ser tan afortunados como esa persona que se acaba de ganar $100,000 dólares con un boleto de lotería? Tal vez sean puros sueños, ¿pero acaso no muestran que el amor al dinero también merodea en nuestro corazón?

Las palabras del apóstol Pablo a Timoteo son una advertencia no solo para los ricos y los mezquinos, cuyas vidas giran alrededor de su dinero. Los de recursos moderados, incluso los sumidos en la pobreza, necesitan escucharlas también. Son para nosotros.

“Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). “Si acaso llegan a acumular riquezas, no les entreguen su corazón” (Salmo 62:10). El amor al dinero mata todo otro amor. Se posesiona completamente del corazón. El corazón poseído por el amor al dinero es el corazón más pobre que pueda haber.

Lo más trágico de todo, como el apóstol lo describe, es que quienes hacen que el dinero sea su primer amor “se extraviaron de la fe y acabaron por experimentar muchos dolores”. Han perdido a Dios y han vendido sus almas por el oro. Con su oro han comprado preocupación, inquietud, ansiedad y desilusión. ¿Se acuerda del pobre Lázaro? Heredó el cielo. Aun en el infierno el rico no podía admitir su error. ¡Pobre hombre!

Cristo pagó un precio incalculable por la redención de cada alma. No fue con oro ni plata, sino con su preciosa sangre, su inocente sufrimiento y muerte. Ese fue el precio que su amor por los pecadores perdidos lo impulsó a pagar. Aquí vemos el amor supremo. Con ese amor tan grande dirigido hacia nosotros, ¿podemos permitir que nuestro corazón piense obsesivamente en lo que es solo oropel en comparación —dinero?

Oración:

Señor Jesús, toma posesión de nuestro corazón y dirígenos a amar lo que es precioso ante tus ojos. Amén.