Inclina a mí tu oído, líbrame pronto. ¡Sé tú mi roca fuerte y la fortaleza para salvarme! (Salmo 31:2)

ESCÚCHAME Y APRESÚRATE A AYUDARME

Oye Cristo, nuestro ruego,
Oye nuestra petición:
Ven ampara a tu rebaño
Con tu santa protección;
Te lo piden tus corderos
Con humilde corazón. (CC 250:4)

La vitalidad de la Biblia es indestructible. Ninguna condición o circunstancia que se presente en la vida humana carece de contemplación exacta en la Biblia. Cada palabra del salmo trigésimo primero nos muestra que los problemas sí se les presentan a los hijos de Dios. El pueblo de Dios no está exento de cargas destructivas, penas marchitas, problemas confusos, y angustiosos desalientos. Aflicciones y adversidades, tentaciones y pruebas, experiencias amargas y dolorosos sufrimientos, son la suerte de los hijos de Dios.

Estas cosas no son debidas, como dicen algunos, a los pecados del cristiano. Cuando vamos a la Palabra de Dios, esta es perfectamente clara con respecto a este punto. Ahí oímos a Dios decir: “El Señor al que ama, disciplina”. “En el mundo,” dice Jesús, “tendréis aflicción”. Estas son algunas de las palabras más expresivas de la Biblia. Pero él continúa y agrega la promesa confortante: “¡Pero confiad! Yo he vencido al mundo.”

Sí, los problemas se presentan, pero no necesitamos ceder ante la desesperación. Tenemos a Dios y a su Palabra en la que podemos apoyarnos, en la que podemos encontrar ayuda y liberación. Hay un proverbio alemán que dice: “La necesidad nos enseña a orar”. Y orar podemos tal como lo hizo David: “Inclina a mí tu oído.” Señor, presta atención a mi oración, porque prometiste: “Me invocará y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y lo glorificaré”. Sí, Dios sabe, escucha y responde a toda oración de sus hijos creyentes.

“Líbrame pronto.” La necesidad de David era grande y urgente. Sus enemigos estaban por todos lados, amenazando con aplastarlo. A nosotros nos pasa lo mismo en ocasiones. El trío profano que son el diablo, el mundo y la carne, siempre vienen a nosotros con tentaciones, pruebas, odio, ridiculización y persecución. Además hay aflicciones que forman parte de la cruz que está sobre nosotros. Aun así no debemos temer. Tenemos la promesa de Dios: “Invócame en el día de la angustia; te libraré y tú me honrarás”. Por eso oramos:

Oración:

Divino Salvador, Cordero de mi Dios, yo clamo a Ti; Escucha mi oración, mírame con bondad, borra mi iniquidad: Confío en Ti. Amén.

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