ÉL TOMÓ UN TOALLA 

Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura. Juan 13:5 

¿Qué clase de toalla era? ¿Era una toalla hecha de lana, quizás de la lana de las ovejas del cercano Belén? ¿Estaba teñida de colores, quizás con colores de las nueces o las bayas que se usaban en ese tiempo antes de nuestros tintes modernos? No lo sabemos. Mucho más importante es para mí saber quién tomó esa toalla y qué hizo con ella.

Fue un inmenso amor el que expresó con el lavamiento de pies esa noche del Jueves Santo. Aquel, en cuyas manos puso el Padre todas las cosas, ahora llenó de agua un recipiente y tomó una toalla. Esa noche, el Salvador lavó pies con agua en el aposento alto. La mañana siguiente, él lavó almas con su sangre en la cruz del Calvario. Esa noche, sus manos tomaron una toalla. La mañana siguiente, sus manos fueron traspasadas por clavos. ¿Cómo no puedo reconocer el amor que hay detrás de todo eso? Un amor que tomó una toalla y tomó en sus manos esos pies sucios. Un amor que padeció la condenación del infierno y las tinieblas de la tumba, porque estaba tomando en sus manos los pecados del mundo. De ese amor vino la maravillosa limpieza para pecadores como Pedro y Juan, Mateo y yo.

Limpio por la sangre de Jesús, todavía tengo que andar por los polvorientos caminos de este mundo. En la estación de Cuaresma que está por comenzar, más que en cualquiera otra época del año, tengo que revisar mis pies una y otra vez, para ver con claridad qué avaricia y envidia, qué amor por los bienes del mundo y qué falta de amor por mi prójimo se han depositado ahí. Al ver la suciedad, llega el momento de volver a arrodillarme ante la cruz de Jesús, suplicándole: “Lávame, oh Salvador, o voy a perecer.”

Oración:

 Señor, lávame no solo los pies sino todo mi ser con tu sangre purificadora. Amén.