JESÚS — SIERVO

De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos. Hechos 4:12

Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Marcos 10:45

¿En qué piensa usted cuando escucha la palabra “siervo”? En mi mente destella una escena de una película, ambientada en la antigua Inglaterra. La mesa del banquete está cuidadosamente dispuesta con los miembros de la nobleza sentados adecuadamente a ella. Detrás de ellos revolotean servidores atentos, con toallas en los brazos, listos para atender todos los caprichos de su amo.

Cuando Jesús dice que él es “siervo”, tiene en mente algo mucho más grande: él no vino a verter vino ni a servir el plato principal, ni a recoger los platos. Jesús vino a dar su vida como el rescate por muchos. El pecado tenía a todos en esclavitud y exigía un rescate que solo Dios podía dar. Nadie ni nada más podría pagar el costo del pecado, recaudar el pago de la muerte y cancelar el dominio de Satanás. Dios tenía que convertirse en hombre, colgar de la cruz, sufrir el castigo del infierno; y de esa manera, rescatar a la humanidad pecadora. Él es el Siervo.

Jesús sigue sirviendo hoy. Envió su espíritu a la fuente bautismal para poner en mi corazón el signo de su cruz, para mostrar que él me había redimido. Por medio de su Palabra, en la medida que la uso, me ofrece el saludable alimento de su perdón. En su mesa de la Comunión, él me da su santo cuerpo y su preciosísima sangre con el pan y el vino, y me da la seguridad de que su perdón es real y que mis pecados se han ido. Él nunca se cansa de servirme de todas esas maravillosas maneras. Tengo la segura esperanza de que él nunca se cansará de su servicio. Jesús, mi Siervo, me convierte en un verdadero noble, en un hijo de la familia del Rey celestial.

Oración:

Te pido, Señor, que por tu gracia, me sirvas todos mis días para que yo pueda sentarme a la mesa de tu banquete en el cielo. Amén.