LA SANTIDAD IMPLICA NO USAR VANAS REPETICIONES COMO ORACIÓN

Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

– Mateo 6:7-8 (Reina Valera 1960)

Es fácil pensar que esto se aplica a las largas oraciones de los profetas de Baal (1 Reyes 18:26) o las oraciones repetitivas de los rosarios que ordena la Iglesia Católica Romana. Pero se aplica también cuando nuestra oración es mecánica como cuando oramos sin pensar lo que decimos. El problema de estas oraciones no son sus palabras sino la actitud del que ora. No hay nada de malo en orar con una oración compuesta de antemano pues el mismo Jesucristo mandó orar con una oración compuesta por él que hoy conocemos como el Padre Nuestro. Si él estaría en contra no hubiera dicho: «Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre…» (Lucas 11:2). Tampoco el problema está en el hecho de repetir o rezar una oración; la repetición a veces es una muestra saludable del afán o de la angustia con que se ora (Mateo 26:44; Lucas 22:44). Jesús mismo repetía sus oraciones. El verdadero problema está en la parlotería sin sentido y sin medida, de quienes les encanta oírse a sí mismos hablar. Tampoco significa que estén prohibidas las oraciones largas. Cristo oraba durante toda la noche (Lucas 6:12). No es el orar mucho lo que aquí se condena, sino el mucho hablar.

No necesitamos orar para que Dios se entere de lo que necesitamos, sino para presentarle nuestra súplica. Dios conoce nuestra necesidad mucho mejor que nosotros. Incluso responde antes que le invoquemos (Isaías 65:24) y hace todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos (Efesios 3:20).

Jesús suministró una manera de no orar con vanas repeticiones cuando enseñó el Padre Nuestro. Esta oración contiene todas las peticiones que realmente necesitamos y tiene la ventaja de asegurarnos que cada una de las peticiones que contiene está dentro de la voluntad divina.

No hemos orado perfectamente y muchas veces nuestra mente divaga en la oración. Por este pecado merecemos toda la ira de Dios. Pero Jesucristo sí oró perfectamente en lugar nuestro y cargó con el pecado de hacer oraciones que ofenden a Dios. En gratitud vamos a querer no orar vanas repeticiones, orando conforme a la enseñanza de Jesucristo.

Oración:

Señor, confieso mi pecado de orar mal. Te doy gracias por Jesucristo que me salvó al ser mi doble sustituto. Ayúdame a orar como tú quieres. Amén.