“Regocíjense en el Señor siempre. Y otra vez les digo, ¡regocíjense! Que la gentileza de ustedes sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No se preocupen por nada. Que sus peticiones sean conocidas delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias, y que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:4-7).

EL SEÑOR ESTÁ CERCA 

Nuestra esperanza final, la esperanza gozosa del regreso glorioso de nuestro Salvador en el fin del mundo, está siendo atacada fuertemente por el mundo. La gente de nuestros tiempos no está obsesionada con la idea de que Cristo regrese y que la lleve al cielo, sino de construir algo así como un cielo sintético en nuestra pobre tierra a través de políticas, planificación y progreso. Los creyentes resultan afectados. Estamos en peligro de perder de vista la esperanza del cielo, de olvidar la promesa del regreso de Jesús, de perder el gozo que tenemos en la promesa de Cristo.

En esta estación sagrada, necesitamos hacer una pausa en la prisa de la vida moderna y escuchar la voz de la eternidad que nos está recordando: “El Señor está cerca”. Entonces levantaremos la cabeza y el corazón con regocijo al pensar que nuestra redención se está acercando. Jesús vino a este mundo en humildad para servir como el Salvador del pecado y de la muerte, del juicio y del infierno. Para quienes creemos en él, la segunda venida no es una ocasión de lamento o terror. Para nosotros, el día final es el mejor día, el fin de los problemas y de las lágrimas, el inicio de una nueva vida eterna.

Entre la primera y la segunda venida de Cristo, el mismo Señor que viene y a quien adoramos es quien nos fortalece en las tareas y los esfuerzos que realizamos, y nos consuela en los problemas y las lágrimas que derramamos. Él, quien una vez vino a Belén y vendrá otra vez en las nubes del cielo, viene a nosotros fielmente estos días en la palabra y el sacramento. Nos asegura que nuestros pecados están perdonados. Fortalece nuestra fe y nuestro amor. Él despierta en nuestro corazón la alegría que espera con entusiasmo el gran día final.

No sabemos y tampoco podemos saber cuándo será ese día. El hecho no significa, sin embargo, que pensaremos, hablaremos y actuaremos como si nunca fuera a venir. Nuestro lema permanece: “El Señor está cerca”. ¡Qué diferente y cuánto mejor sería nuestra vida cotidiana si recordáramos constantemente que “El Señor está cerca”! ¡Nuestra alegría en la estación y fuera de estación sería más firme y más segura si siempre centráramos los corazones y las mentes en esa promesa bendita de la Escritura: “El Señor está cerca”!

Oración:

¡Tú ya vienes! La esperanza Nunca nos engañará; No sabemos día ni hora, Más la gloria cierta está. Tú ya vienes, Tú ya vienes, ¡Oh Jesús, mi Salvador! ¡Oh, qué gozo estar contigo, Ver la gloria de tu amor! Amén. (CC 341:3)