LA MÁS VALIOSA HERENCIA DE NUESTROS PADRES 

 Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, 

Y no desprecies la dirección de tu madre; 

 —Proverbios 1:8, RV1960. 

Según Biblia «en los últimos días vendrán tiempos difíciles. La gente estará llena de egoísmo y avaricia; serán jactanciosos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos» (2 Timoteo 3:1-2). En nuestra época actual es común la falta de respeto hacia los padres, incluso en los hogares cristianos. Pero el mandamiento de honrarlos todavía sigue vigente. 

 

Una parte importante de honrar a los padres es el prestar atención a sus enseñanzas. Esas enseñanzas incluyen la instrucción sobre modales en la mesa, o al visitar a quienes nos invitan; cómo atarse los cordones de sus zapatos; en los valores morales y el civismo, en conducir el automóvil, etcétera. No en vano se dice que la educación comienza en casa. Sin embargo la principal educación indispensable y obligatoria y que los padres son responsables ante Dios es la educación en cuanto a la fe. Al tratarse de sabiduría práctica, esta educación incluye tres elementos básicos: La piedad o devoción, el estudio y la acción cristiana. La piedad devoción se transmite, como las buenas costumbres, con el ejemplo. Los padres que oran y van a la iglesia tendrán el gozo de ver que sus hijos hacen lo mismo. El niño que aprendió a estudiar la palabra en el culto familiar seguirá haciéndolo aun cuando sea muy anciano. Pero los creyentes somos más que sólo teoría. Muchos padres que organizaban sus vacaciones para pasar un tiempo de aventura junto a sus hijos —y a la vez aprovechar el tiempo para predicar donde iban— no quedaron sorprendidos cuando sus hijos, ya adultos, aceptaron el llamado misionero. 

 

En tiempos bíblicos los niños quedaban bajo la dirección de la madre hasta su destete (los cinco años). «Tan pronto como el niño podía hablar se le enseñaban unos cuantos pasajes de la Ley. Su madre repetía un versículo; cuando el niño lo aprendía, le enseñaba otro. Luego, se ponía en sus manos el texto escrito de los versículos que ya sabía de memoria. Así se enseñaba a los hijos a leer, y cuando crecían podían continuar su instrucción religiosa leyendo la ley del Señor y meditando en ella». Desde los cinco hasta los doce años el niño recibía la instrucción de su padre, quien no solo le adiestraba en su oficio sino también lo educaba teológicamente. A los trece años el muchacho ya era responsable ante la ley de Dios. Una oración de aquél tiempo dice «Señor, hasta hoy hablé a mi hijo acerca de ti. De aquí en adelante me toca hablar contigo acerca de mi hijo».  

 

Oración:

Señor, concede que en la actualidad no falten padres piadosos que con esmero y dedicación encaminen a sus hijos en tu palabra. Amén. 

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