ARRÉGLALO, SEÑOR

Tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido. Salmo 51:17

Cuando estaba jugando con sus caballos de juguete, mi nieto exageró un poco y le rompió una pata a su caballo favorito. “Arréglalo, abuelo”, me pidió, poniendo las piezas en mis rodillas. Pero no pude; el pegante no fue efectivo.

“Arréglalo, Señor”, suplicó también el salmista David. Pero él tenía en mente más que un caballo de juguete roto; su corazón estaba hecho pedazos, destrozado por causa de sus pecados. La ley de Dios le había mostrado a David lo serios que eran sus pecados y lo que merecía por causa de ellos. Cargado de dolor por sus pecados, David le suplicó al Señor que recogiera las piezas de su roto corazón y las volviera a unir.

David sabía que el Señor podía arreglar su corazón; con confianza, le suplicó, diciendo: “Tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido”. Él sabía lo que la gracia de Dios iba a hacer con los corazones quebrantados por el pecado. En sus salmos, David cantó sobre el Salvador que iba a traer curación al precio de su propia sangre. El perdón de Dios en Cristo vuelve a pegar los corazones rotos y los deja mejor que nuevos.

¿Dónde puedo hallar ese pegamento? Dios sabe que lo necesito. Y lo ha provisto en abundancia para mí. En su Palabra, me señala la cruz de su Hijo, en la que él ganó el pago de todos mis pecados. Por medio de su Palabra, él obra la fe en mi contrito corazón, para que yo sepa que la sangre de Jesús pagó cada uno de mis pecados. “Yo puedo arreglar eso”, me dice mi Padre celestial cuando yo le llevo mi corazón quebrantado.

Oración:

Señor, mi corazón está agobiado por el peso de mis muchos pecados; te pido que me sanes con el perdón de tu Hijo. Amén.